N ues t r o ll a m a m ien t o 11 Cristo es la cabeza de esta iglesia. Así como una sola vid nutre muchas ramas, así él junta los diversos grupos de sus seguidores en la tierra, dotándolos de su autoridad, unidad y comisión. El camino de la paz 10 La paz es la naturaleza verdadera del reino de Dios. Cristo encargó a su iglesia el evangelio de paz: «La paz os dejo, mi paz os doy». Él mismo es nuestra paz, y en él se vence toda división. Él quiere que seamos hacedores de su paz. Con este propósito él nos nombra para estar en el mundo, pero no ser del mundo. No debemos conformarnos al mundo actual que está caído sujeto al pecado y a la muerte, poderes que están en enemistad con Dios. Sin embargo, tampoco nos toca despreciarlo. «De tal manera amó Dios al mundo…» Cristo nos llama a este mismo amor. En su servicio, nosotros mismos no podemos separarnos o enclaustrarnos. Él nos pide que seamos la ciudad asentada sobre el monte, la luz en el candelero y la sal de la tierra. Su iglesia debe ser la embaja- dora de su reino de paz, situada en la época presente como en una jurisdicción extranjera. Buscamos cumplir este llamamiento trabajando junto con otras personas de buena voluntad, sea que confiesen ser creyentes o no. En nuestra experiencia, Cristo puede trabajar aún con personas que le niegan con los labios. Nuestra tarea es reconocerlo en cada persona y guiar a toda persona a él. Ef 1:22–23; Jn 15:1–8 Jn 20:21–23; Mt 16:19 Is 9:6–7; Sal 85:8–13; Rom 14:17 Hch 10:34–38; Ef 6:14–15 Jn 14:27 ; Ef 2:14–18; Mi 5:4–5 Mt 5:9; Sal 34:11–14 Jn 15:18–19; 17:14–18 Rom 12:2 Jn 3:17, 12:47 Jn 3:16; Mt 5:43–48 Col 2:20–23; Jr 29:7 Mt 5:13–16 2 Cor 5:18–20 Heb 13:14; 1 Pe 2:9–11 Mc 9:38–41 Heb 11:31; Jos 2 Is 44:24—45:7 Mt 21:28–32; 25:31–46 Jn 1:9; Mt 8:5–13