N ues t r o ll a m a m ien t o 13 obediencia a las enseñanzas de Cristo, no podemos prestar juramento o hacer ninguna promesa de lealtad. Amamos nuestro país y a nuestros conciudadanos, pero igualmente amamos a todos nuestros semejantes sin importar su nacionalidad, ascendencia, etnia, credo, cultura o estado social. Nuestra lealtad es al reino de Dios. 12 En cuanto al gobierno, Jesús enseña: «Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios». Nosotros respetamos al estado cuya autoridad fue instituida por Dios para proteger al inocente y restringir lo malo. Pagamos nuestros impuestos y obedecemos las leyes del país, en tanto éstas no entren en conflicto con nuestra obediencia a Cristo. Reconocemos el esfuerzo legítimo del estado de frenar los asesinatos, la deshonestidad e la inmo- ralidad, y oramos por nuestros gobernantes para que usen su autoridad para promover la paz y la justicia. No obstante, nunca damos al estado nuestra lealtad, por cuanto «es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres». Como Cristo enseña y la historia muestra, la iglesia debe estar desprendida del estado para evitar que éste la corrompa. El poder del estado es en última instancia el poder de la espada, asegurado por medios violentos. Nosotros, sin embargo, somos llamados al camino de Cristo, el cual vence el mal con el bien. Aun así, no somos indiferentes al trabajo del gobierno. En el mejor de los casos, el estado representa un orden rela- tivo de justicia en este presente mundo pecaminoso; pero la iglesia como la embajadora de Dios representa un orden Mt 5:33–37 St 5:12 St 2:1–13 Gál 3:28 Flp 3:20 Mc 12:17 Jn 19:11; Dn 2:21 Rom 13:1–7 Tit 3:1–2 1 Pe 2:13–16 1 Tim 2:1–4 Hch 5:29; Dn 3:16–18 Mc 10:42–45 Rom 13:4; Ap 13 1 Sm 8 Rom 12:17–21; 13:8 1 Pe 2:17 Jn 17:15–19; 2 Cor 5:17–20