N ues t r o ll a m a m ien t o 19 Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. Y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». 21 Tan a menudo como se pueda, la comunidad-iglesia envía a nuestros hermanos y hermanas a proclamar el evangelio. Al hacer esto, nuestra oración es que la comisión apostó- lica original pueda llegar a ser una realidad hoy como lo fue en tiempos del Nuevo Testamento: para los mensa- jeros de Cristo estar equipados con la plena autoridad del Espíritu, yendo a todo el mundo para invitar a la gente a la gran fiesta del reino de Dios. Oramos que Dios otorgue este don en algún lugar, a nosotros o a otras personas. Sin embargo, cualquiera que sea la medida de gracia que él nos da, nos envía como embajadores de su reino, y deseamos obedecer. El evangelio que proclamamos está vivo y da vida: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Nuestro Dios no es un Dios callado. Su palabra no está fundida en hierro o escrita en letras muertas de libros sagrados. La palabra de Dios es Cristo mismo, su presencia y su poder. Esta palabra viviente nunca contradice a la Biblia, que da testimonio de él y de su voluntad, pero es hablada una y otra vez por el Espíritu dentro del corazón humano.* Él abre nuestros ojos al sentido de las Escrituras y nos enseña todas las cosas que tenemos que hacer. * Eberhard Arnold, «La palabra viviente», en Innenland: Un guía al corazón y al alma de la Biblia (Innenland: Ein Wegweiser in die Seele der Bibel, 1936). Mt 9:35–38 Hch 5:12–16; 8:4–8 Hch 10:44–48; 19:11–12 Mc 6:7–13; Lc 9:1–6 Lc 14:23 Jn 17:18; 20:21–23 2 Cor 5:16–20 Jn 10:10 Mt 4:4 Heb 1:1–2 2 Cor 3:1–6; Is 55:10–11 Jn 1:1–4; Ap 19:11–16 Heb 4:12; Jr 23:29 Dt 30:11–14; Sal 33:6 1 Cor 2:10–16 Lc 24:25–32 Jn 14:26, 16:12–15