E l o r d en d e nues t r a iglesi a 43 47 Cualesquiera que sean nuestros dones y responsabilidades, debemos usarlos para promover la gloria de Dios, nunca la nuestra. Dios puede obrar a través de nosotros solo si nuestro poder personal —nuestro deseo de influencia, reconocimiento y éxito— se desmantela y se pone a un lado. Esto no sucede con una sola decisión heroica, sino poco a poco, todo por medio del constante trabajo de gracia. Si hacemos valer nuestro propio poder, aunque sea un poco, el Espíritu y la autoridad de Dios se retirarán de nuestras vidas en la misma proporción. Pero si somos pobres espiritualmente, él puede usarnos como sus instru- mentos para edificar su iglesia. La dirección pastoral 48 El servicio de dirección pastoral fue instituido por Cristo mismo cuando él nombró al apóstol Pedro el pastor de la primera iglesia, al preguntarle: «¿Me amas más que estos?», y ordenarle: «Pastorea mis ovejas». En este sentido, afirmamos la tarea de pastor como un don de Dios a la iglesia. 49 La dirección debe basarse en la confianza. Dicha confianza tiene que ganarse; nadie puede exigirla como un derecho en virtud del oficio. La dirección pastoral no depende de oficios fijos, talentos naturales o entrenamiento en el semi- nario, sino de la gracia de Dios y la obra del Espíritu. Ni siquiera la persona más dotada tiene algo que decir en la comunidad-iglesia si lo que representa es a sí misma. Una persona a quien se le ha confiado la dirección debe dejarse guiar siempre por el Espíritu Santo. Debe Jn 15:8; 1 Pe 2:12 2 Cor 12:8–9; Jr 9:23–24 Flp 2:12–13; 3:12–14 Jn 3:27–30 Mt 5:3; 1 Cor 1:18–31 Jn 21:15–19 1 Tes 5:12–13; Heb 13:17 1 Cor 9:1–18 Ef 4:7–13; Nm 11:24–25 1 Sm 16:14 2 Cor 3:4–6; 4:5 Jn 14:26; Za 4:6