F U N D A M E N T O S 50 dirigirnos directamente a nuestro hermano o hermana cuandoquiera que surja algo entre nosotros. Tenemos que hacer las paces con nuestro hermano o hermana antes que el sol se ponga; incluso Cristo nos advierte que nos alejemos de la oración comunitaria hasta que lo hagamos: «Por tanto, si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces vuelve y presenta tu ofrenda». Es por eso que está inaceptable que alguien en nuestra comunidad retenga algo contra un hermano o hermana, o hable de él o ella a sus espaldas. Las relaciones dentro y para con la comunidad-iglesia son vínculos espirituales basados en la confianza y en la prontitud para perdonar una y otra vez. 60 Así como los primeros cristianos y aquellos fieles que siguieron su ejemplo a través de los siglos, insistimos en la necesidad de la amonestación fraterna mutua. Incomprensiones, conflictos y diferencias de opinión honestas están destinadas a surgir, y esto no nos sorprende o inquieta. Pero siempre que haya tensión entre hermanos o hermanas, tenemos que usar el camino del trato directo enseñado por Cristo. Debemos este servicio a toda persona en la comunidad-iglesia cuyas debilidades, reales o imaginadas, causan en nosotros una reacción negativa. Una palabra franca expresada y recibida con amor y humildad sirve solo para profundizar la amistad y renovar la confianza. Si nuestra preocupación resulta injustificada, pues tanto mejor. Mt 18:15–20 Ef 4:25–27 Mt 5:23–24 St 4:11–12 Lc 17:3–4; 2 Cor 6:11–13 Gn 42—50 1 Tes 5:14; Col 3:16 Hch 15:36–41; Gál 2:1–14