L a s a c c iones s a g r a d a s d e l a iglesi a 59 lo mismo. Entre nosotros esta acción de la iglesia por lo general toma lugar en la reunión del culto, cuando un siervo de la Palabra impone sus manos sobre la cabeza de la persona interesada y hace una oración de intercesión. La imposición de las manos también se usa para dedicar a un recién nacido. Hacemos esto siguiendo el ejemplo de Jesús quien impuso sus manos sobre los niños y oró por ellos. Cuando los padres presentan a su bebé ante la comu- nidad reunida, ellos reconocen que éste pertenece a Dios. En una oración especial el recién nacido recibe una bendi- ción y los padres son comisionados para criar al bebé en nombre de Dios. La disciplina y el perdón en la iglesia 74 Cristo confió a la iglesia el don de la disciplina, comisio- nándola a confrontar y vencer el pecado, y otorgar en su nombre el perdón a la persona arrepentida: «Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos: todo lo que ates en la tierra será atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra será desatado en los cielos». «A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados, y a quienes se los retengáis, les serán retenidos». Ser un discípulo implica disciplinarse —recibir formación y corrección— por medio de Cristo y su iglesia: «Yo reprendo y disciplino a todos los que amo». Necesitamos de este don a lo largo de toda nuestra vida. Ninguno de nosotros está sin pecado, y no es vergonzoso admitir esto. Por eso es que Cristo dio a la iglesia el poder de perdonar todos los pecados en su nombre. El perdón está en el corazón de su evangelio, porque aquellos a quienes se les Lc 2:22–38 Mt 19:13–15 Ef 6:1–4; Dt 6:7 Sal 78:4–8 Mt 18:15–20 1 Cor 5:1–13; Lv 19:17 Lc 17:1–4; Mt 16:19 Jn 20:23 Jn 15:1–4; Dt 8:5–6 Ap 3:19 nvi; Pr 3:11–12; Job 5:17 1 Jn 1:8–10 Lc 24:47; Hch 26:18 Lc 15; Mc 2:17 Lc 7:36–50; 1 Pe 4:8