F U N D A M E N T O S 60 ha perdonado mucho, aman mucho. Cristo enseña: «Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no nece- sitan de arrepentimiento». 75 El Nuevo Testamento nos instruye a «confesaos vuestras ofensas unos a otros». Tal confesión es fruto del arrepen- timiento y tiene que ser voluntaria. Es necesaria antes del bautismo, e igualmente importante después. Si hacemos esto con corazón contrito, con la determinación de no pecar de nuevo, el poder del pecado es quebrantado.* 76 Como el Nuevo Testamento nos enseña, algunas acciones pecaminosas son particularmente graves. Ellas afectan no solo a la persona responsable del hecho, sino también a toda la iglesia, dañando su vida y su testimonio como el cuerpo consagrado de Cristo. Quienes cometen tales pecados se apartan de la paz y unidad de la iglesia. De hecho, la Escritura advierte que ellos mismos se colocan fuera del reino de Dios. Para ser restaurados a la comunión dichos hermanos y hermanas necesitan rendir cuentas a la iglesia por sus acciones, y luego volver a entrar por la misma puerta por la cual ellos entraron al bautismo, es decir, por el arrepentimiento, la confesión y el perdón. Todo esto es posible gracias al don de la disciplina en la iglesia. La disciplina en la iglesia está disponible a un creyente adulto bautizado quien desea emprender un tiempo de arrepentimiento para estar reconciliado con Dios y con * Dietrich Bonhoeffer, «Confesión y santa cena» en Vida en comunidad (Gemeinsames Leben, 1939; Ediciones Sígueme, Salamanca, 2003). Lc 15:7, 10; Mi 7:18–20 St 5:16; Sal 51; 2 Sm 12:13 Sal 34:18; Is 57:15 2 Cor 7:8–11 1 Cor 6:9–11; Gál 5:19–21 Ap 21:8; 1 Cor 5:6–8 Ef 5:8–17, 27 1 Pe 1:13–16; Lv 20:26; Jn 15:1–6 1 Cor 5:5; 2 Jn 1:7–11 Mc 9:42–50; Mt 25:1–13 Lc 13:22–30 2 Cor 2:5–11