Justicia

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Cómo graficar una desigualdad

Los adolescentes en mi clase necesitan mucho más que matemáticas

jueves, 11 de marzo de 2021 por

La tarea docente es demandante, y no me refiero a planificar las clases y y corregir exámenes.

Cada día de esta semana me llegó una nueva historia desgarradora de alguno de mis alumnos. Escuché sobre adicciones, abuso, abandono, relaciones de manipulación, prostitución, peleas familiares, embarazo adolescente, conflictos con las autoridades de la escuela y actividades ilegales; en suma, un sufrimiento mayor que el que puedo imaginar. A menudo, las historias me llegan a través de los propios estudiantes, unos minutos antes de sonar el timbre o en conversaciones individuales durante la clase. A veces quieren compartirlas –necesitan hacerlo– y yo me pregunto si nuestro salón de clase no será el único lugar que consideran seguro. Otras veces, la historia surge cuando les pregunto cómo les fue en el fin de semana o por qué están mal ese día o por qué faltaron tres días a clase.

SPEmbed2Foto: Santi Vedri

Trabajo en una escuela secundaria semiurbana, en el estado de Virginia Occidental, donde enseño matemáticas en cuatro grupos de educación especial. Mis planes de clase están preparados; después de cinco años de formación en pedagogía y contenidos, me siento confiada en que sé cómo presentar la ecuación punto-pendiente de la recta paso a paso, de modo que sea accesible para mis alumnos.

Pero ¿de qué sirven mis cursos y planes de clase si Jared se queda dormido en clase? (No es su verdadero nombre; he usado nombres ficticios en todos los casos). ¿De qué sirven si Lakesha ni siquiera toma el lápiz? ¿Si Callie no puede pensar en nada que no sea su enojo con las personas que más cerca de ella deberían estar? ¿De qué sirven si Eric solo asiste a clase un día de cada cinco?

Jared tiene dificultades con matemáticas y a menudo necesita apoyo individual, pero se hace difícil respirar junto a su banco: creo que hace dos semanas que lleva puesta la misma ropa: unos jeans raídos, zapatillas deportivas en muy mal estado, y un suéter con capucha, grasiento y cubierto de pelos de perro. El olor es nauseabundo, y es el motivo por el cual sus compañeros de clase discretamente evitan sentarse cerca de él. Una y otra vez lo despierto y le insisto en que resuelva al menos un problema más pero, al mismo tiempo, no dejo de pensar que lo que verdaderamente necesita es una ducha y ropa limpia y no una lección sobre cómo graficar una desigualdad.

El rendimiento académico de Lakesha debería ser bueno en este curso, pero al mirar su hoja, veo que está en blanco. «Aún restan diez minutos. Por favor, Lakesha, completa dos ejercicios». No obtengo respuesta. «Esto equivale a un cero en la libreta de calificaciones… ¡no es posible que no hagas nada durante toda una clase!». Pone los ojos en blanco, y su lenguaje corporal dice claramente: «¡Qué me importa!» (seguramente, con el infaltable insulto intercalado). ¿Qué hacer?

Durante una semana me propuse interactuar de manera positiva con Lakesha evitando dar pie a posibles confrontaciones. Poco a poco, fue mostrándose más receptiva; me contó que «todo bien» con su «mamá no verdadera» y que ella ayuda a cuidar a sus hermanos menores después de clase. Recordé estos datos cuando leí en el periódico local que cinco hermanos, de una familia con su mismo apellido, habían sido separados de su hogar el año pasado porque sufrían maltrato físico de parte de sus padres. Si esa había sido su experiencia, su actitud confrontativa con los adultos quizá fue parte de su estrategia de supervivencia, y le llevará tiempo readaptarse a un mundo en el que puede confiar en los adultos.

Callie llegó durante la hora de planificación necesitada de un lugar donde desahogar su enojo antes de que la dominara por completo. Nuevamente su madre la está ignorando, mientras que a su hermana mayor –una adolescente que dejó la escuela y está embarazada– la consiente en todo. Cuando Callie se queja, la hermana la amenaza con llamar a la policía y denunciar que Callie la atacó. «¡Y ganas no me faltaban!», dice Callie. «Lo tiene merecido». Su hermana comienza a enviarle mensajes provocadores, y Callie debe permanecer en clase lidiando con una carga de enojo que no está preparada para manejar.

A Eric lo vi una sola vez durante mis dos primeras semanas en la escuela, y la segunda vez que vino, solo estuvo hasta el mediodía. La siguiente vez, le pregunté por qué perdía tantas clases y si podíamos ayudarlo de alguna forma. De inmediato se puso a la defensiva: «Mi hermanito chico estaba vomitando en la escuela, y tuve que ir a buscarlo y llevarlo a casa. ¿Qué iba a hacer? ¿dejarlo ahí?»

Estos son los problemas que mis alumnos enfrentan a diario, y para mí representan un desafío mucho mayor que su diagnóstico de discapacidad. Sabía que algunos estudiantes vendrían de hogares difíciles –así es la vida en el mundo hoy–, pero algo en mí rechaza las expectativas idealistas de lograr una plena participación en clase a las 7.20 a.m., clases sin celulares, actividades conjuntas de todo el grupo y conversaciones animadas cuando mis alumnos están simplemente tratando de sobrevivir.

En el mundo que yo conozco, no está bien ignorar a una profesora, no está bien dejar pasar los cincuenta minutos del período de clase sin hacer nada, y no está bien tener cero motivación. Pero como dijo un estudiante con cierto descaro: no puedo «obligarlos».

No puedo hacer que mis alumnos quieran aprender y ciertamente no puedo solucionar sus vidas, pero ¿cómo se supone que facilite situaciones de aprendizaje cuando los impedimentos para ese aprendizaje se extienden mucho más allá de las paredes del salón de clase?

SPEmbed1Foto: Abigail Grull

En las clases en la universidad, discutíamos estrategias de enseñanza para atender a la diversidad de estudiantes en nuestras clases. Leímos autores como Paul Gorski [1] y hablamos acerca de la necesidad de que el aula fuera un espacio seguro y acogedor para estudiantes que en su vida cotidiana no tienen ni lo uno ni lo otro. Como futuros docentes, nos centrábamos en lo que haríamos en el salón de clase, sin embargo, las dificultades que ahora enfrento no son del tipo que pueda resolver mientras explico álgebra.

Aunque yo fuera el mismísimo Paul Gorski, Jared seguiría quedándose dormido sobre su banco. Podría tener un doctorado en educación, y aun así, Eric faltaría a clase durante días. Podría seguir un plan de clase perfectamente ajustado a las necesidades individuales de los estudiantes, pero de nada serviría con Callie que está tratando de aguantarse para no dar golpes contra la pared.

Mis estudiantes no necesitan programas de estudio sofisticados ni mejor tecnología ni docentes más cualificados. Simplemente necesitan un hogar seguro y alguien que se preocupe por ellos.Esto no significa que no voy a intentarlo. La semana pasada, logré abrir una línea de comunicación con Lakesha, que está resultando beneficiosa para ambas. Esta semana, Jared ha estado trabajando con más empeño, después de preguntarle por su familia y admitir que también a mí me cuesta mantenerme despierta en alguna de mis clases. Sigo incluyendo a Eric en el registro de asistencia a clase con la esperanza de que comenzará a asistir regularmente en algún momento. Debo mostrarles que yo sí creo que lograrán tener éxito; si yo no lo hago, no sé quién lo hará.

Mis estudiantes no necesitan programas de estudio sofisticados ni mejor tecnología ni docentes más cualificados. Simplemente necesitan un hogar seguro y alguien que se preocupe por ellos. Las escuelas proveen desayuno, meriendas, almuerzo, viandas para el fin de semana, camperas para el invierno y muchos otros insumos que no son estrictamente académicos. Pero la pregunta es ¿a partir de qué momento las dificultades de nuestros estudiantes dejan de ser responsabilidad de la escuela y comienzan a ser consideradas una crisis nacional?

[1] El artículo en inglés cita uno de sus libros más conocidos: Reaching and Teaching Students in Poverty: Strategies for Erasing the Opportunity Gap (Gorski, 2013).


Anetta Shirky estudió educación en la West Virginia University, Morgantown, EE. UU.
Traducción de Nora Redaelli

 
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