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Una vida como respuesta a la guerra

viernes, 18 de marzo de 2022 por

Cuando tenía seis años, nuestra familia se mudó a pasos de la casa de mis abuelos y me encantaba visitarlos varias tardes a la semana. Solía pasar el tiempo jugando a las damas con Opa, mi abuelo, en tanto Oma se afanaba preparándonos un plato de comida: generalmente, unas lonchas de esa salchicha alemana dura y fermentada que siempre colgaba del aparador, acompañadas con mate, una infusión sudamericana, para Opa. La mezcla de culturas me resultaba natural, así como escuchar a Opa y a Oma pasar al español o al alemán cuando deseaban hablar con privacidad. A medida que crecía, empezamos a jugar al ajedrez, luego a varios juegos de naipes y, finalmente, nos asentamos en la conversación. A Opa no le gustaba hablar de sí mismo y menos aún de su pasado, pero cuando las historias surgían, eran cautivantes. Con el paso del tiempo comencé a unir las piezas que conformaban la ruta que le había permitido adquirir unos gustos culturales tan diversos. Aprendí cómo las vicisitudes del camino habían sido en su mayoría determinadas por una oposición comprometida a la violencia en todas sus formas. Opa era un apasionado objetor de conciencia. Más aún, la resistencia a la guerra había dado forma a su vida desde la cuna.

una familia del Bruderhof, 1960

Jakob y Juliana con dos de sus hijos, 1960
Todas las fotografías gentileza del Bruderhof Historical Archive

Jakob Gneiting nació en Alemania en 1933, en el Bruderhof, una comunidad intencional cristiana, en una granja en las montañas del Rhön. Su padre, Alfred, había crecido en el seno de una familia socialista. A pesar de considerar que las iglesias establecidas eran demasiado desdeñosas hacia las inequidades sociales, Alfred se sentía atraído al cristianismo. En 1924, un amigo lo alentó a visitar la comunidad del Bruderhof que había sido fundada cuatro años antes con la finalidad de vivir las consecuencias prácticas del sermón de la montaña de Jesús. Alfred se sintió inspirado por la visión de la comunidad, pero no estaba listo para comprometerse. Después de años de idas y venidas y de la paciente conversación del fundador del Bruderhof, Eberhard Arnold, finalmente Alfred aceptó unirse. Poco después, Gretel Knott respondió a una oferta publicada en el periódico para emplearse en la comunidad, que necesitaba una maestra de de kínder. En pocos años, también inspirada por el testimonio del Bruderhof, se unió a la comunidad. Alfred y Gretel se casaron en 1931. Jakob fue el primero de sus siete hijos.

La familia Gneiting, 1936

Jakob, left, con sus padres y hermanos en el Bruderhof "Alm", Liechtenstein, 1936 

Desde su origen, el Bruderhof había estado comprometido con la objeción de conciencia ante toda participación en la violencia y en la guerra. El Bruderhof tomó parte en muchas de las conferencias de paz que se organizaron bajo los auspicios del Movimiento Internacional de Reconciliación. Con el paso del tiempo, los miembros buscaron vincularse con otros que tenían las mismas convicciones: cuáqueros en Gran Bretaña, menonitas neerlandeses, Dietrich Bonhoeffer. Eberhard Arnold había estudiado a los primeros anabautistas, y el pacifismo y la vida en comunidad de los huteritas del siglo XVI en el Tirol tuvo una particular influencia en el Bruderhof. Del mismo modo que estos anabautistas originales, el Bruderhof se encontró en una Europa convulsionada por la guerra una y otra vez.

En 1933, el Bruderhof y el Tercer Reich ya estaban enfrentados en bandos opuestos. Aun así, el Bruderhof insistía en su visión de demostrar la naturaleza del reino venidero de Dios. Más adelante ese año, los miembros de la comunidad escribieron a varios funcionarios del gobierno para solicitarles un acuerdo con respecto a su postura pacifista. Así escribieron al presidente del Reich, Paul von Hindenburg: “Nuestra hermandad solicita la posibilidad de servir al Reich alemán y a su gobierno en lo que respecta a obras de caridad, en tanto comunidad tradicional cristiana alemana del mismo modo que los huteritas lo han hecho fielmente a lo largo de cuatrocientos años, sin tomar parte en acciones militares, políticas o judiciales”. Todos los miembros de la comunidad habían participado en el borrador de la carta. Alfred dijo acerca de este texto: “Lo que me hace especialmente feliz es que las dos tareas han sido diferenciadas con claridad: la tarea de la iglesia y la tarea del estado. Es un testimonio poderoso”.

A medida que el partido nazi se consolidaba en el poder en Alemania, la brecha entre la comunidad y el gobierno se profundizó. En 1934, después de impedir la admisión de una maestra nazi en su escuela, el Bruderhof inauguró un segundo hogar fuera de Alemania —la comunidad Alm, en Liechtenstein— y envió a vivir allí a todos sus niños en edad escolar. En febrero de 1935, durante un viaje de negocios, Alfred oyó rumores acerca de una inminente conscripción. El Bruderhof entendió que los nazis no respetarían sus creencias y decidió enviar a Liechtenstein a los veinticuatro hombres en edad de hacer el servicio militar. Con cautela, comenzaron a recolectar bicicletas y a obtener pasaportes (una tarea delicada). El anuncio oficial llegó el 16 de marzo de 1935. Alfred y los otros partieron esa noche. Hicieron su camino en bicicleta y en tren hasta la comunidad Alm del Bruderhof. Sus esposas e hijos (Jakob aún no había cumplido los dos años) se unieron a ellos el 3 de abril.

El asilo en Liechtenstein solo fue temporal. Las pequeñas dimensiones del país y su ubicación determinaron que el Primer Ministro, Josef Hoop, informara al Bruderhof que el gobierno no podría proteger a los ciudadanos alemanes por mucho tiempo. El Bruderhof buscó otro refugio y encontró una granja en Ashton Keynes, Inglaterra. A comienzos de 1936, Alfred fue uno de los miembros enviados para iniciar esa nueva aventura, la comunidad Cotswold. Gretel y los niños lo siguieron unos meses después. En enero, Alemania anunció la conscripción de los ciudadanos que vivían en el extranjero, y la embajada alemana comenzó a pedir a Liechtenstein actualizaciones acerca de la situación de los hombres del Bruderhof. Pero el 3 de octubre, el Primer Ministro Hoop informó a la embajada alemana que no quedaban más hombres elegibles para ser reclutados en la comunidad de Liechtenstein. Todos habían huido a Inglaterra. A finales de 1937, todos los miembros de la comunidad se habían trasladado a la comunidad Cotswold. 

La bienvenida que tuvieron en Inglaterra no fue unánime. El Bruderhof tenía conexiones con muchos miembros del movimiento pacifista de entreguerras, a través de organizaciones como la Peace Pledge Union. Una vez que estalló la Segunda Guerra Mundial y se expandió un sentimiento antialemán, los vecinos de la comunidad Cotswold urdieron unas historias fabulosas acerca de lo que aquellos nuevos inmigrantes alemanes estaban haciendo —construir un submarino en su gravera o envenenar el Támesis, por ejemplo—, y en repetidas ocasiones expresaron opiniones negativas en los periódicos locales. La postura pacifista del Bruderhof exacerbó esta xenofobia. Cuando en 1939 Gran Bretaña introdujo la instrucción militar obligatoria para los jóvenes, el Bruderhof publicó la siguiente declaración en su revista, The Plough: “Ningún miembro de nuestras comunidades, bajo ninguna circunstancia, se unirá a las fuerzas de combate ni cumplirá algún tipo de servicio alternativo”. Finalmente, todos los miembros del Bruderhof que fueron llamados a filas recibieron exenciones irrestrictas (algo notable si se tiene en cuenta que el gobierno británico otorgó solo 2,900 de esas exenciones en el curso de la guerra).

Era un hecho que dicha postura constituiría una provocación y un malentendido: muchos en Inglaterra asociaban el pacifismo con la política de apaciguamiento de Neville Chamberlain, o incluso con un apoyo tácito al nazismo. A pesar de eso, los miembros del Bruderhof se esforzaron por “dedicar todos nuestros recursos a la prosecución no de la guerra, sino de la paz y de la hermandad entre los hombres. Sentimos que esta es la mejor expresión de gratitud que podemos hacer a este país”. Esto se llevó a la práctica de formas diversas, tales como recibir a niños judíos refugiados, publicar The Plough y maximizar la producción agrícola en beneficio de sus vecinos.

La objeción de conciencia del Bruderhof terminó por obligar a la comunidad a irse de Inglaterra. Las cartas enviadas a los periódicos locales acusaban a los “cobardes británicos” que se unían a la comunidad y sus ingresos se vieron drásticamente reducidos a raíz de un boicot. Esas voces que se alzaban en la prensa local y nacional, e incluso en el Parlamento, se volvieron demasiado fuertes como para ser ignoradas. El Bruderhof comprendió que el gobierno no podría protegerlos por mucho más tiempo. Sus miembros alemanes, además, vivían bajo la amenaza de ser internados como enemigos de la nación. La situación se volvió insostenible, por cuanto la comunidad sentía como una cuestión de fe el mantenerse unida.

Esto propició una búsqueda frenética de otro refugio. Las propuestas iniciales de viajar a Canadá y a otros países de la Commonwealth, como Australia, Sudáfrica y Jamaica, fueron rechazadas. En agosto de 1940, el abogado británico Guy Johnson y el ingeniero suizo Hans Meier, ambos miembros del Bruderhof, intentaron garantizar un permiso de inmigración a Estados Unidos. Con el apoyo de una organización menonita de ayuda, lograron reunirse con el Departamento de Estado e incluso con la Primera Dama Eleanor Roosevelt. Sin embargo, debido a la inexistencia de disposiciones regulatorias que contemplaran la inmigración grupal y a que la objeción de conciencia era un fundamento legal suficiente para negar dicha inmigración, tales esfuerzos resultaron infructuosos.

El vínculo con los menonitas, sin embargo, abrió un camino. En la víspera de la Primera Guerra Mundial, el gobierno de Paraguay, cuya población había sido diezmada en guerras anteriores, había otorgado a un grupo de menonitas canadienses una exención total de hacer el servicio militar. Ya en 1940, ese grupo junto con una afluencia de menonitas que huían de Rusia, había sentado unas bases firmes en el país. Mientras Johnson y Meier estaban en Estados Unidos, un delegado de los menonitas concertó una reunión con el embajador paraguayo en aquel país. Esto dio las garantías para que el Bruderhof fuera bienvenido en Paraguay en condiciones similares. Cuando la comunidad en Inglaterra supo que, probablemente, esa era su única opción, muchos miembros se preocuparon: la vida en una selva remota no era lo que habían previsto cuando se dispusieron a ser una fuerza de paz para la sociedad. Pero se mantuvieron firmes en su decisión de vivir su fe como una iglesia unida. En noviembre, Jakob y su familia partieron en el primero de varios grupos rumbo a su nuevo hogar.

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