Articles

Seguir a Jesús

¿Iglesia? Sin comer juntos

jueves, 17 de febrero de 2022 por

"Comíamos muchas veces juntos, pero ya no", me dijo una mujer después de mi ponencia.

Una pequeña congregación justo en el corazón de Manhattan, Nueva York, me había invitado a hablar, cuando uno de sus miembros se acercó y comenzó a contarme la historia de su iglesia. Lo que conto me impactó, no sólo fue triste, sino también inquietante.

Al comienzo, la iglesia era un grupo animado de adultos jóvenes que cenaban juntos y leían la Biblia. Era el año 1972. Torrentes de jóvenes descontentos buscaban algo diferente. Todos los sábados por la noche, durante doce años, se apretujaban alrededor de una mesa común en la sala de un viejo e histórico templo. Era algo sencillo, informal, natural, vivo.

Entonces, un pastor fulano de tal les sugirió que se reunieran formalmente los domingos para el culto. “Fue cuando nos convertimos en iglesia”, dijo la mujer. “Aquí nos reunimos desde entonces”.

Le pregunté si extrañaba cómo era antes. “Claro... Pero ahora hay mucha gente y estamos bien ocupados. Ya no comemos juntos. Por cierto, estas galletitas están muy ricas. ¿Quiere una?"

En eso, recordé otra conversación que tuve hace un mes. Estaba en una conferencia de eruditos cristianos en la ciudad de Nashville, en Tennessee. Un pastor me hablaba con entusiasmo de su iglesia en Atlanta, y cómo se convirtió multicultural, incluido el personal de la iglesia. No fue fácil, dijo, pero algo que produjo el cambio fue cuando se tomó la decisión de que cada miembro tenía que invitar a otro miembro para comer en su casa.

Si no podíamos invitar a los hermanos a nuestras casas, entonces no éramos dignos de reunirnos en la casa de Dios.

“¿Cómo funciono?” pregunté.

“Al principio todos se sublevaron”, me dijo el pastor. “Nadie quería a nadie más en su casa”.

“¿Por qué no?”

“Sintieron venganza por el cuchitril o lo muy elegante que era su casa, comparado con otras”.

“Bueno y ¿qué pasó?”

“Hice di ultimátum desde el estrado. Le dije a la congregación que, si no podíamos invitar a los hermanos a nuestras casas, entonces no éramos dignos de reunirnos en la casa de Dios”.

“Híjole, pero ¿Qué sucedió?" Le rogué que continuara.

“Pues, lo intentamos. Y aunque no lo creas, fue una buena experiencia que trajo buenos cambios. Poco después contratamos a una persona afrodescendiente como parte del personal de la iglesia”.

El pastor continuó describiendo con detalle los numerosos programas y servicios que llevaban a cabo y cómo funcionaba exactamente su iglesia.

“¿Siguen invitándose uno a otro para comer?” pregunté.

“La verdad es que ya no. Todos andan bien atareados y hay mucha privacidad. Sus vidas se desarrollan en diferentes lugares”.

“Entonces ¿Cómo se conocen los miembros uno al otro?”

“Bueno, con un amplio personal e instalaciones, somos capaces de ofrecer suficientes eventos para mantener a los congregantes involucrados. A mí me sigue impresionando la cantidad de personas de orígenes diferentes que vienen a congregarse. La iglesia continúa creciendo”.

Siendo honesto las dos conversaciones me inquietaron. Aún lo hacen. Algo no anda bien. Es como si la comunión donde Jesús participó y que incluso –indica hacerlo con otros y en memoria suya (Lc 14:7-24; Lc 22:19)– fuera irrelevante o intrascendente. Es como si la primera comunidad de creyentes que se describe en Hechos de los apóstoles, nunca hubiera existido.

“Todos los creyentes se reunían en un mismo lugar y compartían todo lo que tenían […] se reunían en casas para la Cena del Señor y compartían sus comidas con gran gozo y generosidad (Hch 2:44-47)”.

Entiendo que los tiempos cambian. No vivimos la situación que Jesús vivió. Pero en mi opinión, algo no anda bien si nosotros, como cuerpo de Cristo, no compartimos nuestra casa, para sentarnos a la mesa junto con otros.

Hace poco pasé la tarde en una casa comunidad. “Ven a cenar con nosotros”, me dijo un amigo, miembro de la casa. “Y si gustas puedes quedarte a dormir”.

people enjoying a picnic

Acepté la invitación. Mi esposa, mi hija y yo, junto con otras diez personas, sentados alrededor de la mesa estuvimos hasta la medianoche, comiendo, intercambiando historias y experiencias de la vida, cantando y alabando. A la mañana siguiente desayunamos juntos, leímos algunos pasajes de la Biblia y algo de Kierkegaard, nos dimos tiempo para compartir pensamientos e impresiones. Todo esto en un hogar de creyentes que simplemente procuran ser iglesia, estando juntos. Sin sermones, sin coros, sin clero, sin bancos, sin banda de alabanza, sin programa. Sólo una fraternidad alrededor de una mesa común; compartiendo sus vidas dando testimonio del amor de Dios. Sentí a Jesús en medio de ellos.

Después de la resurrección, dos discípulos de Jesús se dirigían al pueblo de Emaús. Jesús se acercó y entabló conversación con ellos, pero no le reconocieron. Al aproximarse al poblado, Jesús buscó seguir su camino. Pero los dos discípulos le instaron a quedarse con ellos. Fue únicamente cuando, juntos partieron el pan, que los ojos se les abrieron; sólo entonces reconocieron a Jesús (Lc 24:13-33).

¿No es esto lo que la iglesia debería hacer: estar reunidos de tal manera que Jesús realmente aparezca para ser reconocido?

En ningún momento quiero decir que hay una sola forma de iglesia. Pero, cualquiera que sea la iglesia o lo que haga, esencialmente algo no anda bien si no partimos el pan, juntos y con gozo, en la propia casa y la de otros. Si esto no ocurre, ¿de qué se trata reunirse los domingos?


Traudcción de Carlos R. González Ramírez

Comments

¿Qué es el blog "Voces"?

Voces es un blog escrito por los miembros del Bruderhof. Trata temas que son importantes para nosotros, y para ti.

¿Qué es el Bruderhof? Somos una iglesia cristiana con comunidades en varias partes del mundo. Nuestro objetivo es amar a nuestro prójimo y compartir todo, para que la paz y la justicia se hagan realidad.

Descubrir más sobre el Bruderhof

Recommended Readings

View All

Quizá podría gustarte

View All Articles
View All Articles