Seguir a Jesús

Insurrección

viernes, 12 de noviembre de 2021 por

Una insurrección sucede cuando un grupo de personas se subleva por convicción en la necesidad de hacer un cambio, como fue la revuelta armada contra el Porfiriato (época de1876 a 1911, cuando Porfirio Diaz fue presidente de México), conocida como la revolución mexicana que se conmemora el 20 de noviembre, duró de 1910 a 1917 y dejó más de un millón de muertos, sin resolver su origen: corrupción, opresión, injusticia y desigualdad. Por otro lado, vale la pena reconocer que, durante el Porfiriato, hubo logros importantes para México: el peso mexicano valía un dólar, se impulsó la construcción ferroviaria, industria eléctrica, telefónica y minera, además, se incentivó hacer pública la educación básica, media y superior, y gracias a esto millones de mexicanos hemos podido estudiar. 

Esta introducción es para evidenciar que toda historia tiene aspectos favorables y desfavorables, pero ¿hacia dónde enfocamos nuestra atención? Dicho esto, hablaré sobre la insurrección que Jesucristo inició, instruyendo a sus seguidores a renunciar a todo (Mc 10:21, Lc 14:33) y hacer la voluntad de Dios (Mt 5-7) y cómo se extendió la primera comunidad iglesia, impulsada por la fuerza del Espíritu de Dios.

La idea es presentar un orden cronológico de diferentes aspectos neotestamentarios, basado en datos actualizados de historiografía, que fortalecerán nuestra convicción por la paz y justicia que hay en Cristo.

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Cuando comenzaba el imperio romano, la ciudad de Roma tenía aproximadamente un millón de habitantes; su primer emperador fue César Augusto (27 a.C.-14 d.C.) y durante su soberanía nació Jesús (Año Cero). Cuando Jesús comenzó su ministerio (Lc 3:23), la ciudad de Jerusalén tenía aproximadamente ochenta mil habitantes y toda la región de Judea era una colonia adherida como provincia al imperio, regida por un gobernador romano responsable de la recolección de impuestos y de autorizar tortura y pena de muerte dentro de su territorio (Juicio de Jesús ante Pilato, Mt 27:11-26).

Todo lo que conocemos sobre Jesús de Nazaret es gracias a los Evangelios: su bautizo en el río Jordán, cómo fue llamando a sus discípulos, sus parábolas, sus milagros como la multiplicación de los panes, etc. Todo indica que la misión de Jesús, para con sus discípulos, fue instruirlos en la compasión e igualdad; siendo la paz y la justicia sus armas para la lucha que habrían de confrontar.

Jesús, como hombre, fue una persona llena de amor, aun cuando tuvo que confrontar verbalmente a diferentes judíos como los fariseos (santurrones), escribas (conocedores de la ley de Moisés) y a los saduceos (autoridad religiosa que no creía en la inmortalidad del alma ni en la resurrección).

“Los que aceptan mis mandamientos y los obedecen son los que me aman. Y, porque me aman a mí, mi Padre los amará a ellos. Y yo los amaré y me daré a conocer a cada uno de ellos” (Jn 14:21).

Fue tal la preparación que recibieron los discípulos sobre la no violencia, que el único registro de agresión física que se conoce es el suceso del día que capturaron a Jesús, cuando Pedro embistió a un soldado y le cortó una oreja (Jn 18:10), fuera de este suceso no hubo agresión alguna, ni antes de que Jesús fuera torturado ni después de que fuera crucificado ¿33 d.C.? Durante los siguientes días, Jesús resucitado continúo instruyéndoles:

 “¡La paz sea con ustedes! —repitió Jesús—. Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes. Acto seguido, sopló sobre ellos y les dijo: —Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20:19-20). 

Cincuenta días después de que Jesús fuera crucificado, Paraclito intervino para bendecir al grupo de seguidores judíos, que formaron una comunidad en Jerusalén para hacer la voluntad de Dios en nombre de Jesús, confrontando por igual a judíos y romanos –sin violencia.

“Llamaron a los apóstoles y mandaron a que los azotaran. Luego les ordenaron que nunca más hablaran en el nombre de Jesús y los pusieron en libertad […] Los apóstoles salieron del Concilio Supremo con alegría” (Hch 5:40b-42).

En el año 35 d.C., Esteban, diácono de la iglesia, fue condenado a la lapidación (Hch 7:54-8:8), por sus enseñanzas en nombre de Jesús. Ese mismo año fue la conversión de Saulo, un fariseo fanático (Hch 9), que había autorizado la ejecución de Esteban, razón por la cual, los apóstoles no pudieron creer en él, y Saulo (Paulo ya convertido) para evitar confrontación regresó a Tarso (38 d.C.), su ciudad natal.

Mientras tanto, la tiranía y opresión de los romanos iba en aumento, y en este contexto de tensión e incertidumbre, en el año 43 d.C., Bernabé, un judío-cristiano que había vendido sus posesiones para ayudar a la comunidad de Jerusalén (Hch 4:36-37), sí creía en Pablo como uno de ellos y fue a buscarlo a Tarso (Hch 11:25). Al año siguiente (44 d.C.), Santiago, hermano de Juan (ambos primos de Jesús), fue decapitado y el apóstol Pedro encarcelado por orden del Rey de Judea, Herodes Agripa I (Hch. 12), quien fue nombrado rey de los judíos por Claudio, emperador romano del 41 al 54 d.C.

En medio de una sangrienta persecución, el otro Santiago, hermano de Jesús, escribió su carta (45-49 d.C.) dirigida a los judío-cristianos que residían en comunidades gentiles fuera de Judea. “Ahora bien, alguien podría argumentar: «Algunas personas tienen fe; otras, buenas acciones». Pero yo les digo: «¿Cómo me mostrarás tu fe si no haces buenas acciones? Yo les mostraré mi fe con mis buenas acciones»” (Stg 2:18).

Después del primer viaje misionero de Pablo (46-48 d.C.) los judíos convertidos al cristianismo aún eran la mayoría y vivían según la ley judía, y para aceptar a los cristianos no judíos querían imponerles su ley. Entonces, Pablo, convencido de la voluntad de Dios para el mundo, escribió trece cartas, la primera de ellas (49 y 50 d.C.) fue en contra de lo judaizante, dirigida a las comunidades del sur de Galacia que se habían fundado durante su primer viaje. “Por lo tanto, Cristo en verdad nos ha liberado. Ahora asegúrense de permanecer libres y no se esclavicen de nuevo a la ley” (Gal 5:8).

El conflicto que existía, sobre las exigencias de la ley (ritos y formas) entre los judíos convertidos al cristianismo, llevó en el año 50 d.C. al Concilio de Jerusalén, en donde se elaboró una carta, escrita en nombre de los apóstoles y los ancianos de la iglesia. Entre los años 50-52 d.C., Pablo y Bernabé realizaron un segundo viaje misionero, para llevar la carta y confirmar su contenido a todos los cristianos no judíos.

Cuando se leyó la carta a las diferentes iglesias, muchos se llenaron de gozo, ya que no era necesaria la circuncisión para ser cristianos. Tampoco hubo gran objeción a las exigencias que prohibía: 1) carne ofrecida en sacrificio a ídolos en rituales paganos y luego servida en una fiesta del templo o vendida en el mercado; 2) el consumo de sangre; 3) la carne de animales estrangulados, es decir, carne cuya sangre no se había drenado; y 4) la inmoralidad sexual en sus diversas formas.

Después del concilio de Jerusalén, la carta ayudó a evitar la ruptura, permitiendo el desarrollo y expansión de la iglesia, sin embargo, para muchos judío-cristianos los no judíos eran vistos ritualmente inmundos. Pablo, después de su tercer viaje entre el 53 y 57 d.C. (Hch 19), visitó por última vez Jerusalén (Hch 21), ahí fue arrestado y encarcelado en Cesárea (57-59 d.C.); fue liberado en Roma en el 62 d.C. y tiempo después aprehendido nuevamente y ejecutado ¿67 d.C.?, durante el reinado del emperador Nerón (37-68 d.C.).

“Pues ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir a otros y para dar su vida en rescate por muchos” (Mc. 10:45). Juan Marcos no fue discípulo de Jesús, pero fue colaborador de Pablo y de su primo Bernabé, además, fue discípulo e intérprete de Pedro. Escribió su Evangelio entre el 55 y 65 d.C., desde Roma. Fundó la comunidad de Alejandría en Egipto y murió mártir.

“La salvación ha venido hoy a esta casa, porque este hombre ha demostrado ser un verdadero hijo de Abraham. Pues el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar a los que están perdidos” (Lc 19:9-10). Lucas, un cristiano no judío, discípulo y compañero de Pablo, escribió su Evangelio desde Roma o quizá Cesárea, alrededor del 60 d.C., dirigido a Teófilo –que significa “el que ama a Dios”–, para los no judíos. Como buen médico de profesión, Lucas hizo un excelente trabajo de investigación muy preciso sobre la vida de Cristo y su relación con la gente; dando un lugar prominente a las mujeres.

“No malinterpreten la razón por la cual he venido. No vine para abolir la ley de Moisés o los escritos de los profetas. Al contrario, vine para cumplir sus propósitos” (Mt 5:17). Mateo (Levi), un judío cobrador de impuestos que fue discípulo de Jesús, escribió su Evangelio alrededor de los años 60-65 d.C. para probarle a los judíos que Jesús es el Mesías, el Rey y Salvador eterno, anunciado por los profetas.

“Estas pruebas demostrarán que su fe es auténtica. Está siendo probada de la misma manera que el fuego prueba y purifica el oro, aunque la fe de ustedes es mucho más preciosa que el mismo oro. Entonces su fe, al permanecer firme en tantas pruebas, les traerá mucha alabanza, gloria y honra en el día que Jesucristo sea revelado a todo el mundo” (1Pe 1:7) Pedro, quien fue pescador, instruyó a Marcos sobre el ministerio de Cristo y escribió su primera carta alrededor del 64 d.C., posiblemente desde Roma para animar a los cristianos judíos que habían sido expulsados de Jerusalén, y se habían esparcido por toda Asia Menor.

Es notable observar que, en la segunda mitad del siglo I, había una gran movilidad de los cristianos judíos y no judíos entre las diferentes comunidades que se habían establecido. Así, discípulos, familiares y seguidores de Jesús, aportaron su testimonio para escribir los libros que conforman el Nuevo Testamento, joyas literarias confirmadas y aprobadas en el s. IV., que dan testimonio fidedigno de la voluntad de Dios para el mundo.

“Queridos amigos, con gran anhelo tenía pensado escribirles acerca de la salvación que compartimos. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que debo escribirles sobre otro tema, para rogarles que defiendan la fe que Dios ha confiado una vez y para siempre a su pueblo santo” (Jud 1:3). Judas Tadeo, hermano de Santiago y medio hermano de Jesús, escribió su carta alrededor del 65 d.C., dirigida a judíos cristianos, para recordarles la importancia de mantenerse firmes en la fe y de oponerse a la herejía.

“Recibirán poder cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes; y serán mis testigos, y le hablarán a la gente acerca de mí en todas partes: en Jerusalén, por toda Judea, en Samaria y hasta los lugares más lejanos de la tierra” (Hch. 1:8). Lucas, escribió entre el 63 y 70 d.C. los hechos que son un vínculo entre los Evangelios que relatan la vida de Cristo y las cartas que tratan la vida y expansión de la iglesia desde Jerusalén hasta Roma.

Eusebio de Cesaría (263-339), teólogo, sacerdote e historiador de la iglesia, escribió que, antes de estallar la primera revuelta judeo-romana (66-73 d.C.), muchos judío-cristianos ya habían sido expulsados de Jerusalén y que, cuando comenzó la guerra en el 66 d.C., los judío-cristianos que aún vivían en Jerusalén huyeron a Pela, una ciudad al otro lado del rio Jordán. La no participación en la revuelta abrió aún más la brecha entre cristianos y judíos. 

“Mediante su divino poder, Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para llevar una vida de rectitud. Todo esto lo recibimos al llegar a conocer a aquel que nos llamó por medio de su maravillosa gloria y excelencia” (2Pe 1:3). Pedro sabía que le quedaba poco tiempo y escribió una segunda carta alrededor del 67 d.C., para advertir a todo cristiano acerca de los falsos maestros y exhortarlos en crecer en la fe y conocimiento de Cristo.

En el año 70 d.C. la ciudad de Jerusalén fue destruida, como anunció Jesús (Mc 13:1). Los romanos quemaron el templo y todo el acervo bibliográfico, dando fin al estado judío en ese momento: el sanedrín se disolvió, terminó el sistema de sacrificios, prohibieron entrar a las sinagogas a los cristianos y desde ese momento el desarrollo del cristianismo ha sido entre los no judíos.

“El Hijo irradia la gloria de Dios y expresa el carácter mismo de Dios, y sostiene todo con el gran poder de su palabra. Después de habernos limpiado de nuestros pecados, se sentó en el lugar de honor, a la derecha del majestuoso Dios en el cielo” (Heb 1:3). La carta a los hebreos, de autor desconocido, fue escrita alrededor del 70 d.C., antes de la destrucción del templo de Jerusalén, y dirigida a los judío-cristianos que, por la intensa persecución y hostigamiento de judíos y romanos, querían desertar de la fe de Cristo.

Juan, el discípulo amado y testigo ocular de Jesus, escribió su Evangelio después de la destrucción de Jerusalén. Su propósito era probar a los nuevos creyentes y a los no creyentes en busca de la verdad, que Jesús es el Hijo de Dios y que todos los que crean en él tendrán vida eterna.

 “Los discípulos vieron a Jesús hacer muchas otras señales milagrosas, además de las registradas en este libro. Pero estas se escribieron para que ustedes continúen creyendo que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, al creer en él, tengan vida por el poder de su nombre” (Jn 20:30-31).

Siendo Juan un anciano y quizá el único apóstol sobreviviente, probablemente entre el 85 y 90 d.C., escribió desde Éfeso con mucha autoridad, tres cartas a varias comunidades de creyentes no judíos, para enfocar los fundamentos de seguir a Cristo: la verdad, la gratitud y el amor.

“Les he escrito estas cosas a ustedes, que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna” (1Jn 5:13).

“El amor consiste en hacer lo que Dios nos ha ordenado y él nos ha ordenado que nos amemos unos a otros, tal como ustedes lo oyeron desde el principio” (2Jn 1:6).

“Querido amigo, le eres fiel a Dios cada vez que te pones al servicio de los maestros itinerantes que pasan por ahí, aunque no los conozcas” (3Jn 1:5).

Juan, exiliado en la isla de Patmos, escribió para todo cristiano que sufre persecución, desafíos de la vida y lo desconocido que tarde o temprano llegará. Apocalipsis, es un texto que emplea imágenes simbólicas para comunicar esperanza, es decir, el triunfo final de Dios.

“Dios bendice al que lee a la iglesia las palabras de esta profecía y bendice a todos los que escuchan el mensaje y obedecen lo que dice, porque el tiempo está cerca” (Ap 1:3).

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