Seguir a Jesús

Paráclito

viernes, 21 de mayo de 2021 por

Hablar del espíritu no es fácil, es algo indescriptible e inimaginable. Sin embargo, si alguien dice: había un espíritu de paz en la reunión, se entiende. En este sentido, la trascendencia de la Biblia se debe a la unidad que existe en un mismo Espíritu. El libro comienza diciendo: “el Espíritu de Dios se movía en el aire sobre la superficie de las aguas” (Gn 1:2). Esto, según el texto, sucedía cuando la tierra estaba vacía y sin forma, algo que para la cronología actual debió haber sido hace millones de años.

Viviendo en la ciudad de México, recuerdo escuchar y hablar sobre las tradiciones y visión “cósmica y espiritual” de nuestros antepasados prehispánicos, pero aún más recurrente, y desde que tengo memoria, era escuchar sobre el Padre celestial, Jesucristo y el Espíritu Santo. Una manera muy acertada y con mucho sentido para referirse a la acción de Dios en el mundo. No olvidemos que, durante el Imperio Romano, había un espíritu de opresión y violencia, además, existían muchos hechiceros y charlatanes que pregonaban toda clase de espíritus chocarreros.

GonzalezEmbedVitral en el ábside de la Basílica de San Pedro, Ciudad del Vaticano.

Dicho esto, el Espíritu Santo es una aportación del Nuevo Testamento, su acción comenzó al glorificar a María (Lc 1:35), para encarnar al Hijo de Dios en su vientre. Cuando Jesús fue bautizado el Espíritu Santo descendió sobre él (Lc 3:21-23) y casi al final de su ministerio, Jesús se refirió al Espíritu Santo con el nombre de Consolador o Abogado defensor (Jn 15:26), quien, después de su resurrección y ascensión, descendería para acompañarnos siempre (Jn 14:16).

Por increíble que parezca, hay dos profecías en el Antiguo Testamento sobre la acción del Espíritu, señalando que habría de venir al alcance de todos. Una fue aproximadamente mil quinientos años antes de Cristo con el padre de la fe, Moisés (Nm 11:29), y la segunda, casi ochocientos cincuenta años antes de Cristo con el profeta, Joel (Jl 2:29). Analicemos cómo se cumplió este acontecimiento:

En tiempos de Jesús, y aún en la actualidad, judíos de todo el mundo visitan Jerusalén para venerar a Dios en el Templo durante las tres fiestas hebreas más importantes: Pésaj, Shavuot y Sucot.

Pascua o Pésaj, que en hebreo significa pasar por encima, es la festividad que conmemora “liberación de la esclavitud” cuando Moisés sacó de Egipto al pueblo hebreo (Ex 12:27). La fiesta comienza la noche de luna llena después del equinoccio del 21-22 de marzo. En el cristianismo occidental, durante o seguida la semana de luna llena después del mismo equinoccio, el viernes es el día que crucificaron a Jesús y lo sepultaron. Y el tercer día, cuando resucitó, es domingo de Pascua.

Shavuot, que pasó a llamarse Pentecostés (del griego quincuagésimo) porque ocurrió cincuenta días después de la Pascua, es la fiesta donde los cristianos celebran que Dios envió el Espíritu Santo sobre los apóstoles, tal como Jesús les había prometido (Jn 14:26). Ese mismo día de Pentecostés, los judíos celebraban la fiesta de la Cosecha (Ex 23:16) y la fiesta de las Semanas (Nm 28:26). Su origen agrícola se vincula con la entrega de la ley hebrea –los mandamientos– que Dios le dio a Moisés, en el Monte Sinaí.

En este ambiente lleno de simbolismo, ritos y tradiciones, según el libro de Hechos de los Apóstoles, justo el día de Pentecostés, el grupo de creyentes que Jesús había reunido en Jerusalén recibieron el Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas. Judíos devotos de todas las naciones que estaban de visita para la fiesta de Shavuot, oyeron un ruido estrepitoso, todos llegaron corriendo y quedaron desconcertados al escuchar sus propios idiomas hablados por los creyentes (Hch 2:4-6).

Estaban totalmente asombrados. «¿Cómo puede ser? —exclamaban—, todas estas personas son de Galilea, ¡y aun así las oímos hablar en nuestra lengua materna! Aquí estamos nosotros: partos, medos, elamitas, gente de Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, de la provincia de Asia, de Frigia, Panfilia, Egipto y de las áreas de Libia, alrededor de Cirene, visitantes de Roma (tanto judíos como convertidos al judaísmo), cretenses y árabes. ¡Y todos oímos a esta gente hablar en nuestro propio idioma, acerca de las cosas maravillosas que Dios ha hecho!» Quedaron allí, maravillados y perplejos. «¿Qué querrá decir esto?», se preguntaban unos a otros (Hch 2, 7-12).

Es muy importante entender que la mayoría de los primeros convertidos y líderes cristianos eran judíos, que proclamaban a Jesús como su Mesías y que, como cristiano-judíos, tenían una doble identidad: por un lado, su carácter judío los obligaba a ser seguidores estrictos de la ley, por ejemplo, el que no tenía la circuncisión, no podía ser salvo. Por otro lado, su recién descubierta fe en Cristo los invitaba a celebrar un nuevo amor y libertad. Sin embargo, su mayor reto era aceptar a los gentiles —a los no judíos— como iguales, para formar parte del reino de Dios.

La bendición de la acción del Espíritu Santo en los acontecimientos de los primeros cristianos tiene carácter universal e inmortal, aspecto con el que nos podemos identificar siempre.Controversias como estas dividieron a la iglesia primitiva, provocando luchas y confrontaciones. Sin embargo, gracias a la acción del Espíritu Santo en la persona de Saulo (Hch 13:9), mejor conocido como el apóstol Pablo que, por su intensa labor, aparte de Jesús, le dio forma a la historia del cristianismo.

Saulo, como buen fariseo, conocía muy bien las Escrituras y creía sinceramente que quienes decían que Jesús había resucitado eran peligrosos y por eso los odiaba y los perseguía. Irónicamente, su persecución, en particular después de haber aprobado la muerte de Esteban (Hch 7:54-60, 8:1-3), provocó que los discípulos comenzaran la gran comisión de Jesús: vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28:16-20). Aquí, vale la pena destacar que el primer misionero que bautizó a gentiles, fue Felipe, quien por su propia cuenta se dirigió a Samaria (Hch 8:4-17).

Un día, Saulo, durante su viaje a Damasco para arrestar cristianos y llevarlos a la cárcel, sin respeto ni a las mujeres, repentinamente fue rodeado por un resplandor de luz del cielo; tuvo un encuentro personal con Cristo y se convirtió en creyente (Hch 9). A partir de esto, su fuerza y tenacidad la usó como siervo de Cristo y fue entonces cuando cambió su nombre a Pablo. Se dedicó y esforzó en convencer a los judíos de que Dios también aceptaba a los gentiles, pero se esforzó aún más para convencer a los gentiles de que ellos también podían alcanzar el reino de Dios (Ro 15:16).

Pablo predicó por todo el Imperio Romano, hizo tres viajes misioneros y un viaje a Roma, llamando a todos a poner atención en Cristo y que la buena noticia es para todos: judíos y gentiles por igual.

Estando prisionero escribió cartas a varias iglesias, las cuales llegaron a formar parte del Nuevo Testamento. En sus cartas, no se limita a ilustrar únicamente la dimensión del Espíritu Santo, sino que indica que habita en nosotros (Cor 3:16) y que somos libres porque Dios ha enviado a nuestros corazones el espíritu de su Hijo (Ga 4:6-7).

La bendición de la acción del Espíritu Santo en los acontecimientos de los primeros cristianos tiene carácter universal e inmortal, aspecto con el que nos podemos identificar siempre. Por ejemplo, en el Nuevo Testamento, la carta de Pablo a los Gálatas, nos habla directo a la conciencia:

Cuando ustedes siguen los deseos de la naturaleza pecaminosa, los resultados son más que claros: inmoralidad sexual, impureza, pasiones sensuales, idolatría, hechicería, hostilidad, peleas, celos, arrebatos de furia, ambición egoísta, discordias, divisiones, envidia, borracheras, fiestas desenfrenadas y otros pecados parecidos. Permítanme repetirles lo que les dije antes: cualquiera que lleve esa clase de vida no heredará el reino de Dios.
En cambio, la clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio. ¡No existen leyes contra esas cosas! (Ga 5:19-23).
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