Seguir a Jesús

Un hippie se encuentra con la cruz de Jesús

jueves, 18 de marzo de 2021 por

cross and sunset

Horrorizado ante las acciones de mi país –una nación «cristiana»–, nunca hubiera imaginado en aquel momento que Jesús y su camino radical de la no resistencia voluntaria eran la respuesta que estaba buscando.

Crecí en un hogar sin fe ni religión. Se esperaba que siguiéramos ciertas normas de moral y buena conducta, pero rara vez se hablaba de Jesús o del cristianismo y, desde luego, jamás como un modelo moral a seguir. Los cristianos eran tan buenos o tan malos como cualquier otra persona, y todos apoyábamos a nuestro país y sus guerras sin cuestionar nada.

Salí de ese hogar absolutamente comprometido con el «sueño americano» y con el firme propósito de seguir una carrera que me asegurara un buen empleo y mucho dinero. Luego, vino la guerra de Vietnam, y el movimiento en contra de la guerra que se manifestó con particular intensidad en las facultades y los campus universitarios. Fue un tiempo de saludable cuestionamiento a las bases de la sociedad y el sistema económico de los Estados Unidos de América. El movimiento fue masivo, especialmente entre los jóvenes, que rechazaban el establishment y anhelaban una sociedad basada en el amor, la paz y la justicia. Un tiempo como ningún otro, antes o después.

A mí me encontró estudiando en la Universidad de Akron, a poco más de 24 km del lugar donde, en 1970, la Guardia Nacional de Ohio mató a cuatro estudiantes de la Universidad Estatal de Kent. El gobierno de libertad y democracia de mi país acababa de balear a cuatro ciudadanos que estaban ejerciendo derechos consagrados en la Primer Enmienda. Esto cambió mi vida para siempre; nunca volví a ser el mismo. Comencé mi recorrido en busca del verdadero sentido y fundamento de la vida.

hippie meditating

El primer problema que debí enfrentar fue el reclutamiento militar, dado mi creciente convencimiento de que no podía ir a matar personas que no conocía sin razón que lo justificara. Solicité ser eximido por objeción de conciencia, pero la junta de reclutamiento local rechazó mi petición. Como no formaba parte de ninguna «iglesia pacifista», no conocía a nadie que diera referencias o hablara en mi favor. Felizmente, la revisación médica reveló un problema de salud que me eximió del servicio militar.

Siempre es fácil identificar las cosas que están mal, lo que no funciona y necesita ser reemplazado o corregido; otra cuestión muy diferente es encontrar las respuestas o las claves que permitan construir una nueva sociedad. Aun así, el movimiento hippie marcó un momento único en la sociedad occidental: jóvenes llenos de esperanza por un mundo mejor marchaban en pos de esa esperanza, buscando nuevas respuestas.

Mi esposa, Susan, criada en una familia cristiana fundamentalista, compartía mis búsquedas y esperanzas. Pero en esa búsqueda, el cristianismo nunca fue una opción para nosotros. Los cristianos eran personas preocupadas por la salvación y el bienestar personal, que iban por el mundo repartiendo Biblias y sembrando guerras y explotación económica en nombre de Cristo. Hasta donde sabíamos, eran parte del problema no de la solución. Decidimos ir en busca de otros movimientos de fe donde pudiéramos encontrar paz y justicia.

Fue entonces que nos topamos con unos escritos muy poco conocidos de León Tolstoi –ConfesiónCuál es mi fe; y El Evangelio abreviado–, que nos llevaron a un encuentro cara a cara con el Sermón del monte. Después de leer las palabras de Jesús, el corazón nos latía con fuerza. Su mensaje reflejaba exactamente lo que sentíamos, lo que creíamos que debía gobernar el mundo, lo que estábamos buscando. Tuvimos la certeza de que Jesús era el camino del amor absoluto, sin lugar para excepciones como la «guerra justa» que comprometen a la mayor parte de la cristiandad. Pero ¿dónde estaban los cristianos que vivían de acuerdo con este mensaje? ¿quién les creía? Nunca los habíamos visto. Eso no significaba que no existieran personas así, solo que no las habíamos encontrado.

Conforme fuimos leyendo más acerca de Jesús, en especial, su vida y sus palabras según el relato de los Evangelios, comprendimos que la cruz representaba mucho más que un sacrificio expiatorio por nuestras faltas. La cruz era el camino. No había otra manera de derrotar al diablo ni de destruir sus obras. No había otra manera de quebrar el poder del diablo sobre la humanidad que a través del sacrificio del amor inocente dando su vida en la cruz. Las doce legiones de ángeles a disposición de Jesús en el Getsemaní no hubieran podido hacerlo, aun cuando nadie podría imaginar guerra más justa que los ángeles forzando al diablo y sus secuaces a huir derrotados.

young couple and childGary y Susan con su hija Sarah

El camino de la cruz de Jesús es el camino de la no resistencia; una necedad según los sabios de este mundo. «Pero yo les digo: No resistan al que les haga mal» (Mateo 5:39). Más impactante aún, Jesús nos dice que tomemos la cruz y lo sigamos, que perdamos nuestra vida para poder ganarla. La cruz del creyente no son las cargas cotidianas que todos debemos sobrellevar; no es la enfermedad ni las tensiones u otras formas de sufrimiento comunes. La cruz del creyente es el costo de no conformarse a los principados y potestades. Es la consecuencia de desafiar y amenazar el poder del diablo ejercido a través de sus lacayos mediante el poder político, religioso y económico de nuestro tiempo, así como Jesús desafió a los romanos y a las autoridades judías del templo en su tiempo.

La cruz a la que Jesús nos llama es absolutamente evitable; se encuentra en el camino angosto, elegido libremente después de considerar el costo. Si encarnamos este nuevo orden del reino –si rehusamos ser parte de la violencia y la injusticia–, seremos perseguidos y sufriremos como Jesús sufrió. Sin embargo, Jesús también dijo: «el que pierda su vida por mi causa y por el evangelio la salvará» (Marcos 8:35). Esta es la esperanza para el mundo; el camino que conduce al amor verdadero y perdurable y a la paz y la justicia.


Gary Frase vive en Fox Hill, una comunidad Bruderhof en Walden, Nueva York, EE. UU.

Traducción de Nora Redaelli

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