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Vida en comunidad

La suprema aventura de vivir en comunidad

jueves, 08 de abril de 2021 por

En mis veinticinco años de membresía comprometida con la comunidad Bruderhof, no he conocido una sola persona que no reaccionara de manera positiva al conocer mi vocación.

Encuentro gente por la calle (mi vestimenta distintiva suele despertar curiosidad) que se siente intrigada al saber que pertenezco a una orden religiosa que abraza un estilo de vida comunitario familiar. Al hablarles de mi vocación uso términos como compartir, cuidado y compromiso, pero lo que les resulta más intrigante es que haya renunciado a poseer bienes personales. Cuando les explico que no tengo dinero ni ahorros a mi nombre, percibo un fugaz sentimiento de envidia: «Suena bien». «¡Libre de presiones!» «Cero estrés». Incluso, «¡Eso es la utopía!». Estas son las respuestas que suelo escuchar.

Llegado ese momento, me corresponde a mí aplacar su entusiasmo. La comunidad a la que pertenezco no es una utopía cristiana. En ocasiones, incluso puede haber estrés y tensiones. Somos seres humanos; personas imperfectas. Y renunciar a poseer bienes no es más que el fruto del amor desinteresado. Para formar parte del Bruderhof, los miembros deben estar dispuestos a resignar sus opiniones, su tiempo y energía. Dicho de otro modo, renunciar a los bienes personales es bastante sencillo, al menos comparado con llevarse bien con los demás.

Members of the Harlem Bruderhof House talk with friends on the sidewalk.

Por cierto, la vida en comunidad no es posible sin pasar por la experiencia de un nuevo nacimiento. Antes de comprender el sentido de renunciar a mis bienes terrenales, necesité vivir mi propio Pentecostés. Como todo nuevo creyente bien sabe, es doloroso sentirse traspasado hasta lo más profundo. Igual que otros antes que yo, clamé con gran angustia: Hermanos, ¿qué debo hacer? (Hechos 2:37). Pero el dolor de renacer rápidamente dio paso al gozo. El nuevo nacimiento hizo que cambiara mi sentir para pasar a ser de un solo sentir (Hechos 4:32). Fue necesaria la intervención de Dios para obrar este cambio; no hay esfuerzo humano capaz de provocar tal transformación.

Ser de un mismo sentir es quizá la clave para vivir en comunidad, y solo es posible después de la conversión. Es entonces cuando dejamos de ser en soledad para renacer al cuerpo de Cristo.

Este renacer espiritual me recuerda mi llegada a este mundo. Mis padres se regocijaron por mi nacimiento; fui tan especial que llevo el nombre de mi madre. Las fotografías reflejan el orgullo y alegría de mis padres a lo largo de mi vida: la etapa de bebé; mis primeros pasos; graduada en la universidad; vestida de novia; cuando nació mi primer hijo. Con los años, su amor ha crecido más y más. Siempre me he sentido reconocida de manera especial, amada.

Ese es también el sentir de mis nueve hermanos. Como fui la última de las mujeres, llegué a una familia bien consolidada. Crecí en un hogar desbordante de bullicio y algarabía. Si se trataba de trabajo, los resultados eran excelentes, si había juegos, eran geniales; si nos juntábamos a comer, colmábamos la habitación. Forjamos vínculos que ni aun la muerte podía destruir porque éramos familia

Entre los hermanos no nos tratábamos entre algodones; a veces peleábamos como perro y gato. Éramos perfectamente capaces de dedicarnos miradas o muecas de desprecio y de resolver nuestras disputas a la vieja usanza. La vida en familia nos recompensa de mil y una maneras pero requiere mucho esfuerzo y dedicación. Nadie puede negar ni eludir la energía diaria que se necesita para mantener una familia unida.

Nuestros padres creían en el orden, aun cuando había un exceso de fervor en el cumplimiento. Ya desde el inicio del día, si me quedaba dormida, mi hermana me arrojaba agua fría. Cuando ella no se levantaba, yo le devolvía la atención. Al caer la tarde, a pesar del cansancio, había que tender la mesa, lavar vegetales y bañar a los más pequeños antes de que todos se sentaran a la mesa. Mi padre daba gracias por los alimentos antes de que alguien pudiera probar un solo macarrón. El principio de equidad tenía sus altibajos, y me tocó hacerme cargo de los platos de la cena cuando no era mi turno. Me quejé amargamente con mi padre, y él, por toda respuesta, se dirigió al fregadero y comenzó a lavar. Sin decir una palabra me ubiqué a su lado relegada a la tarea de enjuagar y secar. Deseé de todo corazón no haberme quejado y que mi padre me cediera el lugar que minutos antes había menospreciado. Siguió lavando y, peor aún, silbó todo el tiempo. Me sentí avergonzada, pero también sentí profundo amor por mi padre en aquel momento.

Friends at Woodcrest Bruderhof welcome the newest arrival.

A través de todas estas experiencias, siempre mantuvimos una lealtad férrea entre nosotros porque, como dijo G. K. Chesterton con ingenio y sabiduría: «La suprema aventura es nacer. Al hacerlo, entramos de pronto en una trampa espléndida y desconcertante. […] Cuando, mediante el acto de nacer, entramos en la familia, entramos en un mundo incalculable, en un mundo que cuenta con sus propias leyes, en un mundo que podría seguir existiendo sin nosotros, en un mundo que no hemos construido nosotros. En otras palabras, cuando entramos en la familia, lo hacemos en un cuento de hadas».[1] Como compañeros de aventura nacidos en una misma familia confiábamos el uno en el otro para avanzar por terreno desconocido.

Jesús hace posible un orden que nos mantiene de un mismo sentir y pensar. Tener a Jesús siempre presente es como tener presente a la familia.De igual manera, los votos de compromiso de por vida que hice al ingresar a esta comunidad iglesia me unieron a otros que recibieron el mismo llamado. Cada uno de nosotros es único y especial, y a la vez, pequeño e insignificante. Puesto que me uní tarde a la fiesta (el Bruderhof tiene 100 años), mi gratitud sobrepasa largamente cualquier reparo respecto de la idoneidad de mis compañeros y compañeras. Vuelvo a G. K. Chesterton: «el hombre que vive en una comunidad pequeña, vive en un mundo mucho mayor. Sabe mucho más sobre las extremas variedades y las diferencias irreductibles que se dan entre los hombres. […] En una comunidad grande podemos escoger a nuestros compañeros, mientras que en una comunidad pequeña nuestros compañeros nos vienen dados».[2]

La «suprema aventura» de vivir en comunidad tiene su costo, pero es inmensamente gratificante. Nos une una lealtad férrea pero, igual que ocurre entre hermanos y hermanas en una familia, tenemos discrepancias. A la vez que exigimos excelencia unos de otros, debemos estar dispuestos a reconocer nuestras propias limitaciones. Y las cosas no siempre salen bien. Cuando fallamos, hay perdón.

Jesús hace posible un orden que nos mantiene de un mismo sentir y pensar. Tener a Jesús siempre presente es como tener presente a la familia. No significa anular nuestra individualidad, sino estar dispuestos a formar parte de algo mayor. Significa alegrarse cuando las cosas están bien, y cuando surgen problemas, persistir hasta lograr resolverlos, porque somos hermanos y hermanas en Cristo.

En Pentecostés, «Todos estaban asombrados por los muchos prodigios y señales que realizaban los apóstoles» (Hechos 2:43). También yo me asombro y maravillo cada día. A cambio de renunciar a mi yo, vivo en comunidad con una familia de creyentes. Vivir en una iglesia que pone en práctica la comunidad de bienes no es una utopía lejana. Es un milagro, real y tangible.

[1] G. K. Chesterton, Herejes, trad. al español Juanjo Estrella, Colección Abyectos, España, 2007, pp. 158-159.

[2] Ibídem, p. 150.


Traducción de Nora Redaelli

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