Vida en comunidad

¿Qué es más importante, las personas o las cosas?

La mayordomía en la comunidad iglesia

viernes, 03 de septiembre de 2021 por

¿Qué pasa si un niño de cinco años deja caer una herramienta costosa que le permití manipular? ¿Y si se trata de un adolescente? ¿O si es un adulto que tendría que haber aprendido a ser más cuidadoso?

Daño no intencional: cualquiera de nosotros puede causarlo. De hecho, me atrevería a afirmar que podemos causar el mayor daño justamente cuando estamos tratando de evitarlo. Así que, cuando las cosas se rompen por descuido o negligencia, ¿qué debemos hacer con los culpables? ¿Reprenderlos por no ser buenos administradores? (Entendiendo la función de administrar como: «atender al cuidado y utilización adecuada de unos bienes», según el Diccionario del Español Actual.) ¿O mirar hacia otro lado con benevolencia, valorando a las personas por encima de las cosas?

STEmbedArreglando bicicletas. Fotografía de Danny Burrows.

El documento Fundamentos de nuestra fe y llamamiento de la comunidad Bruderhof trata la mayordomía en el contexto de la comunidad de bienes, indicando que «bajo la administración de la iglesia, todo lo que tenemos está a disposición de cualquier persona que lo necesite», y en la sección sobre el trabajo en común –que ha de realizarse de la mejor manera posible–, se insta a tener presente la antes mencionada «administración y utilización responsable» de los recursos para el bien de todos. Pero en mis treinta y pico de años de vida comunitaria, me he topado con muchas ideas acerca de cómo esto funciona. Mucho parece depender de la crianza y personalidad de cada uno, y la mayoría de los ejemplos son cuestiones triviales: ¿cuándo se considera que un salón está «limpio»: cuando está barrido y ordenado, o no hasta que el piso esté lavado y fregado? ¿Debemos mantener jardines exuberantes con abundancia de plantas perennes u optar por piedras y arbustos en una distribución siempre prolija y de bajo mantenimiento? ¿Preservar todo resto de material de construcción antiguo o invertir en madera de buena calidad que dure? Personas comprometidas y bien intencionadas inevitablemente difieren con relación a estos e innumerables otros puntos por el estilo.

Este asunto de la mayordomía puede ponerse aun más espinoso. Por ejemplo, ¿qué pasa si invito a un extraño a cenar a mi casa y se va con algo más que el estómago lleno? Si mi vecina está pasando necesidad, ¿hasta qué punto debo privar a mi propia familia para ayudar a la suya? Es probable que ni los individuos ni los grupos puedan dar una respuesta cabal ante estas cuestiones de la vida real.

Así que, ¿cómo transitamos los desacuerdos en temas como la mayordomía en el Bruderhof? Una opción es recurrir a la opinión del encargado o encargada del departamento, en asuntos de poca importancia. Sin embargo, nuestro deber como miembros es expresar nuestra opinión si tenemos razones de peso para estar en desacuerdo (por ejemplo, si se desecha algo de valor en lugar de reutilizarlo). Si dos personas no logran ponerse de acuerdo, seguimos los pasos previstos para la resolución de conflictos: en primer lugar, llegar a un acuerdo con la ayuda de un tercero, y luego, si fuera necesario, tratar el tema en una reunión de miembros.

No puedo decir que haya escuchado debatir cuestiones de mayordomía en reuniones recientes, pero sin duda fueron debatidas en tiempos pasados. Mi material de referencia preferido, al que recurro cuando me enfrento a mis propias opiniones conflictivas sobre cuestiones mundanas, es una serie de reuniones que sostuvo el fundador del Bruderhof, Eberhard Arnold, en octubre de 1933. En aquel momento, la incipiente comunidad alemana era pobre, el régimen de Hitler amenazaba su existencia, y nuevos miembros, de muy variado trasfondo cultural, engrosaban sus filas. Se vivían momentos de mucha tensión, en parte debido a discrepancias respecto del cuidado de las herramientas y los muebles que eran reliquias familiares.

En el debate resultante, Eberhard –fiel a su estilo– expone las dos posiciones con contundencia, deja la tensión latente y apunta al amor fraternal y al proyecto del reino de Dios como la solución. No se trata de que una posición avasalle a otra; se trata de que todos y cada uno consideren qué demanda el amor en esa situación particular, a la luz de un propósito común. Durante la lectura de los siguientes extractos, organizados por tema, me gustaría que tuvieran presente que Eberhard tenía una excepcional formación académica alemana, era doctor en filosofía, había completado su educación formal cuando el Kaiser Guillermo II ocupaba el trono y hablaba en una época en la que no se conocían facilidades de la vida moderna como el plástico y las telas sintéticas. Sin embargo, el hilo de la discusión es atemporal y, según creo, un recurso valioso para todos quienes viven en comunidad.

Debemos esforzarnos en el cuidado de los objetos confiados a nuestras manos.

El amor nos ayuda a pensar de qué manera podemos hacer mejor uso de los bienes materiales de modo que no tengamos que rechazar a los próximos diez visitantes por no tener alimentos, camas o albergue para ofrecerles. Nuestra obligación de ser previsores –nacida del amor– nos mostrará cómo darle utilidad incluso a los materiales más gastados e insignificantes. No podemos seguir comprando cosas nuevas. Sabemos que muchas personas no tienen una sana conciencia al respecto y que apenas llegan a comprender que existe una relación entre el amor de Dios y los objetos inanimados.

No nos ocupamos de los objetos por los objetos mismos, sino en cuanto recursos al servicio del proyecto del reino de Dios.

No debemos someternos a la tiranía de los objetos, de lo contrario acabaremos perdidos. Debemos poner los objetos en manos del Espíritu Santo que los combinará de la mejor manera para que logremos máxima simplicidad en nuestro trabajo. Si simplificamos nuestra vida, podremos servir a más personas, cuidando fielmente las cosas por un sagrado sentido de amor y destinándolas al uso de todos los que nos visiten o se unan a nosotros en el futuro.

Sería posible, en un plazo más o menos breve, alcanzar una pulcritud burguesa y un correcto cuidado y mantenimiento de nuestras habitaciones y muebles, pero estaríamos traicionando la razón fundamental de por qué los cuidamos. Lo esencial es que nos ocupamos de los objetos para ponerlos al servicio de las personas. Si los visitantes estropean nuestras cosas, les permitimos hacerlo en razón de que la gente para la cual recolectamos y cuidamos estos objetos es más importante que los objetos en sí.

Debemos enseñarles a nuestros nuevos compañeros de trabajo a cuidar las cosas.

Debemos rechazar ese espíritu burgués que tiene más amor por los objetos materiales que por las personas. Pero debemos igualmente rechazar el espíritu que ama más a las personas que al orden de Dios. Podríamos decir: «Después de todo, la gente espera que haya caos aquí; cuanto más valioso un mueble, mayor es el deseo de verlo arruinado (por ejemplo, las mesas con tapas de madera enchapada)». Si toleráramos tal actitud, estaríamos idolatrando a las personas y pecando contra el orden de Dios. Sin embargo, estas personas necesitan ser guiadas hacia Dios y su reino, por lo tanto, deben ser encaminadas en el amor y la responsabilidad a fin de que, lejos de desear el caos, anhelen el perfecto orden del amor.

El moralismo no es la respuesta.

Si moralizamos en estos asuntos, existe el peligro de que consideremos el orden en las pequeñas cosas la virtud más noble y la causa más importante. Esto no debe ocurrir; de lo contrario, habremos traicionado el reino de Dios y nuestra causa estará perdida. El sentido que le damos a procurar el orden en las pequeñas cosas debe ser fruto del amor; un amor que alcanza a todas las personas aun cuando rompan nuestras cosas; de otro modo, sería idolatría.

De modo que no podemos imponernos cargas sobrehumanas unos a otros, ya que eso nos llevaría a una postura legalista y moralista que habilitaría a aquellos que tienen el don del orden a despreciar y dejar de lado al resto. Este espíritu maligno de hostilidad y arrogancia es nuestro mayor enemigo; debemos desterrarlo de en medio nuestro. Debemos procurar la humildad, sabiendo que aun si una persona tiene más dones en tal o cual área, esa misma persona probablemente tendrá menos dones en otra. Debemos ser capaces de tolerarnos unos a otros en amor y perdonarnos cada día. De lo contrario, es imposible lograr comunidad. Ningún grupo humano llegará a tener dones tan perfectamente ensamblados como para impedir que surjan conflictos. Dicho esto, tampoco debemos perder nuestra fe en que el Espíritu Santo, que penetra hasta lo más profundo de nuestro ser, también quiere tener bajo su autoridad lo que es exterior y material.

Todas las cosas encuentran su justo lugar con amplitud de miras y una buena dosis de amor

Busquen el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás encontrará su justo lugar. Si no son fieles en lo pequeño, no se les confiarán grandes cosas. Estas dos afirmaciones van de la mano. Una fidelidad limitada a las pequeñas cosas sería idolatría; lo que cuenta no es ser fiel en lo pequeño sino que se nos confíe lo más grande. Y lo más grande es el amor perfecto.

Quiera Dios darnos una sana conciencia y llenarnos de ese gran amor que está dispuesto a sacrificar todo y, a la vez, cuidar fielmente de todas las cosas en favor del reino de Dios. El reino de Dios demanda de nosotros tener una puerta abierta y corazones abiertos. Esta demanda es un deber de amor: proporcionar continuamente alojamiento, vestimenta y comida a tantas personas como sea posible.

Es nuestra convicción que se puede lograr una perfecta gestión de los bienes materiales mediante un profundo espíritu de perfecta paz y perfecta unidad. En la medida en que creemos en el espíritu y permitimos que more en nosotros, en esa misma medida nos ocuparemos de las cosas materiales, en favor de la causa y al servicio de los demás.


Extractado libremente de los aportes de Eberhard Arnold a las reuniones de miembros del Bruderhof que tuvieron lugar el 20, 21 y 22 de octubre de 1933.

Traducción española de Nora Redaelli.

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