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Vida en comunidad

Venid, fieles todos… ¡los egoístas también!

martes, 07 de diciembre de 2021 por

Shana drawing
La autora de niña

Cuando niña, el momento más temido del mes de diciembre era la cena de Navidad. Cada año, sin falta, unos días antes de la celebración, alguien del otro extremo de nuestro bloque de apartamentos se asomaba a nuestra puerta y decía: «Estábamos pensando en compartir la cena de Navidad con todas las familias de este edificio, como en años anteriores. El resto de las familias están de acuerdo. ¿Qué les parece?» 

Como si fuera posible decir no…

¡Ufff! Adiós a mis planes para el día de Navidad… Si me guiaba por el último año, pasaría el día con preparativos para la cena, ¡y eso era lo último que quería hacer! Los días de Navidad siempre estaban cargados de actividades, y yo hubiera preferido tener tiempo para deleitarme con mi bota navideña repleta de regalos y estrenar los lápices de colores que esperaba encontrar a los pies del árbol.

Como era de esperar, mis padres, que en un primer momento se habían mostrado reacios, ahora se lanzaban de lleno a los preparativos con su habitual entusiasmo, procurando animar a sus hijos a sumarse a la acción. Tal como estaba previsto, mi papá, mis hermanos y yo dedicamos varias horas a acarrear mesas, sillas y platos desde el comedor comunitario hasta el hall de nuestro edificio, ordenar y acomodar todo en su lugar, preparar tarjetas de mesa para cada persona y encender el fuego en el hogar. Me exasperaba el entusiasmo de una de mis hermanas menores, y tuve un estallido cuando la más pequeña dejó caer un puñado de tenedores sobre mi pie. Poco después, intenté evadirme pero mamá me vio justo cuando me escabullía a mi habitación y me dio un ultimátum: revolver la salsa o cuidar a la de dos años que lloraba a gritos.

En la tarde, a medida que la gente fue reuniéndose en el hall, surgieron más problemas: Bill y June, una pareja de ancianos, tenían problemas respiratorios y no podían sentarse cerca del fuego. Los lugares que habíamos previsto resultaron insuficientes, y acabé en una mesa con muchas personas mayores y ningún niño. Las cosas iban de mal en peor.

Por fin, la cena se puso en marcha. Mi papá era el maestro de ceremonias y, como sabía que yo no lo estaba pasando bien, me hacía muecas graciosas cuando nadie lo veía, y lo vi poner los ojos en blanco y hacerme un guiño cuando uno de nuestros vecinos recitó un largo y enigmático poema. Lentamente, mi malhumor y malestar se fueron disipando. June, a escondidas, me pasó un chocolate por debajo de la mesa. Mi papá hizo reír a todo el mundo con un cuento navideño desopilante acerca de una señora cascarrabias en un hogar de ancianos.

Después de la cena, entre todos corrimos las mesas contra la pared y pusimos las sillas alrededor del hogar (nos aseguramos de ubicar a Bill y June lo más lejos posible del fuego). Repartimos cancioneros con villancicos y comenzamos a cantar «Venid, fieles todos…». No eran voces entrenadas, y estábamos lejos de sonar como profesionales pero esos versos lograron aflojar ese nudo que había sentido dentro de mí durante todo el día. ¡Ven, Shana, con tu egoísmo y amargura! –pensé. Ven a Belén donde podrás dejar tus quejas y malhumor, tus planes y proyectos junto al niño en el pesebre. Aquí, en un pesebre sucio y húmedo yace Jesús, que vino al mundo por ti.

A medida que las viejas melodías navideñas se elevaban en el aire igual que las chispas que salían volando por la chimenea, mi malhumor inicial se esfumó. Por fin había dejado de pensar en mí misma, cautivada por el canto y extasiada mirando los rostros radiantes a mi alrededor: mi hermanita más pequeña, con los ojos entrecerrados y la mirada fija en el fuego; mi mamá siguiendo la letra de las canciones con el dedo para ayudar a mi hermana en primero de escuela; Bill compartía el cancionero con mi hermano. La cena de Navidad resultó hermosa después de todo, y mientras apilábamos los últimos platos y plegábamos las mesas, el himno seguía resonando en mi cabeza: «¡Venid y adoremos a Cristo el Señor!».

Al mirar hacia atrás, el recuerdo de aquella cena de Navidad ilustra la manera en que la Navidad, aún hoy, suele tomarme por sorpresa. No siempre estoy entre los fieles que van presurosos a Belén. Son más las veces que llego a los tropezones, a último momento, cuando por fin me decido a abandonar los planes y proyectos que me habían distraído hasta ese momento. Este año espero estar pronta.


Traducción de Nora Redaelli

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