Vida en comunidad

Vivir libres de posesiones: ¿Por qué no?

jueves, 21 de octubre de 2021 por

“¿Creen que la Biblia es verdadera?” Les pregunto a mis estudiantes del primer año de seminario.

“Sí”, responden.

“¿Es nuestra guía para realidad la fe?”.

“Sí”, mientras levantan la mano en señal de aprobación. Continúo leyendo Hechos 2 y 4.

Se mantenían firmes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en la oración. Todos estaban asombrados por los muchos prodigios y señales que realizaban los apóstoles. Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común: vendían sus propiedades y posesiones, y compartían sus bienes entre sí según la necesidad de cada uno. No dejaban de reunirse en el templo ni un solo día. De casa en casa partían el pan y compartían la comida con alegría y generosidad, alabando a Dios y disfrutando de la estimación general del pueblo. Y cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos.

Todos los creyentes eran de un solo sentir y pensar. Nadie consideraba suya ninguna de sus posesiones, sino que las compartían. Los apóstoles, a su vez, con gran poder seguían dando testimonio de la resurrección del Señor Jesús. La gracia de Dios se derramaba abundantemente sobre todos ellos, pues no había ningún necesitado en la comunidad. Quienes poseían casas o terrenos los vendían, llevaban el dinero de las ventas y lo entregaban a los apóstoles para que se distribuyera a cada uno según su necesidad.

-Hechos 2:42-47; 4:32-35

Cierro mi Biblia y les hago una pregunta más. “Entonces, ¿por qué no viven así hoy?”. Las manos se dispararon.

“Porque aquello fue un acontecimiento único”, explica un alumno entusiasmado.

“Fue un momento excepcional, cuando el Espíritu Santo fue derramado por primera vez sobre la iglesia”, dice otro.

Otro estudiante interviene: “El relato de Lucas sólo describe cómo vivían los primeros cristianos. Esto no significa que Hechos prescriba cómo deben vivir todos los cristianos”.

Otro interviene: “El entusiasmo de los primeros creyentes se pasó de la raya, y lo pagaron después. Además, si compartir todo en común fuera la forma en que Jesús quería que viviéramos, él mismo nos lo habría enseñado”.

Hago una pausa y prosigo. “¿Ustedes siguen las enseñanzas de los Apóstoles?”

“Sí, sí”, responden.

“¿Dedican tiempo a la oración?" "¿Celebran la Cena del Señor?” “¿Y alaban juntos a Dios?”. Todos coincidieron en la importancia de todo esto. “Entonces, ¿por qué”, pregunté, “no comparten todo juntos?”. Silencio.

loaves of bread in baskets

En efecto. ¿Por qué, como seguidores de Cristo, no vivimos más como los primeros cristianos y compartimos todo lo que tenemos en común? ¿Por qué nos aferramos a nuestras posesiones cuando Jesús nos dio el poder de liberarnos de ellas?

El relato de Lucas no tiene pelos en la lengua. Describe sin rodeos cómo era la iglesia en Jerusalén “llena del Espíritu”. Esa iglesia era atrevidamente comunal. Toda propiedad que tuvieron, ciertamente no era privada.

¿Qué tipo de colectivismo practicaban realmente los primeros cristianos? ¿Se vendían todas las propiedades privadas y las ganancias se colectaban en un fondo común para su distribución? ¿Era obligatorio el colectivismo de la iglesia? ¿Voluntario? ¿Normativo? ¿Excepcional? Tres características destacan entre los primeros cristianos: (1) Se dedicaron unos de otros; (2) Compartían todas las cosas en común; y (3) No había personas necesitadas entre ellos.

Dedicación mutua. La mayoría de los discípulos al principio de los Hechos eran peregrinos que venían de todo el imperio romano. En épocas de fiesta, como Pentecostés, contaban con la hospitalidad de quienes simpatizaban con ellos. Miles de personas se encontraban en Jerusalén. Pero ocurrió algo radical. Los que respondieron al mensaje de Pedro se llenaron del Espíritu. En consecuencia, se dedicaron (poskartereo – continuamente sujetado a) a una nueva comunión fraternal. Estos peregrinos no sólo decidieron prolongar su peregrinaje indefinidamente, sino que se comprometieron de todo corazón unos con otros. “No dejaban de reunirse en el templo ni un solo día” (Hch 2:46). “Todos los creyentes eran de un solo sentir y pensar” (Hch 4:32).

Este compañerismo no era sólo una experiencia de camaradería y sentimiento mutuo, sino una realidad social concreta de compartir y cuidarse mutuamente de manera muy práctica y material. Los creyentes se reunían y vivían juntos. Eran una comunidad. Su compromiso mutuo no era casual ni temporal. Incluso los conversos que estaban fuera de la ciudad (Hch 2:14) estaban comprometidos. Su dedicación no era menos comprometida, ya que sus hogares se convertirían permanentemente en posada.

Todo en común. Lucas subraya que "todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común" (Hch 2:44). Tanto Aristóteles como Cicerón sostenían que la comunidad ideal era poner los bienes propios a disposición de los amigos. Algunos grupos judíos, como el que vivía en Qumrán, o los esenios, siguieron el modelo pitagórico y entregaron todas sus posesiones a la comunidad para poder retirarse todos de la sociedad en una nueva comunidad escatológica que esperaba el futuro de Dios. Aquí la iglesia primitiva, sin retirarse del mundo, cumplió no sólo el ideal griego de la verdadera amistad, sino la visión deuteronómica de la comunidad-alianza: "Lo que es mío es tuyo".

Entre los primeros creyentes nadie consideraba que su propiedad estuviera bajo su control particular. Las posesiones estaban a disposición de la comunidad en su conjunto. La referencia a los pies de los apóstoles (Hch 4:37; 5:2), sugiere en realidad algún tipo de transferencia expresada en lenguaje formal. Compartir era voluntario, pero también era una respuesta que evidenciaba sumisión al espíritu y a la autoridad de Cristo en la iglesia. Este compartir no era una transacción legal, sin embardo era real. Los primeros cristianos eran "un solo corazón y una sola mente" y, por lo tanto, se desvanecía todo pensamiento de pertenencia.

Curiosamente, en los resúmenes de Lucas predominan los verbos en imperfecto muy marcados. Esto indica una acción habitual o repetida. Existían actos continuos de caridad a medida que surgían diferentes necesidades. Dado que en Jerusalén no había forma de procurarse alimentos si no era con dinero, los que tenían medios liquidaban bienes inmuebles u otros activos que no se utilizaban y luego contribuían con lo recaudado al fondo común, un fondo que sabemos que también se utilizaba para apoyar a las viudas (y probablemente a otras personas) que carecían de medios de subsistencia (por ejemplo, 1 Tim. 5:16). Compartir, al igual que la oración y la fracción del pan, no era algo ocasional, sino una experiencia cotidiana.

El ejemplo de Bernabé (Hch 4:36-37), que vendió tierras utilizadas para la agricultura, es por tanto un modelo. Sí, legalmente era “dueño” de una propiedad, pero no la poseía de forma privada. El ejemplo de Ananías y Safira (Hch 5), era la exacta antítesis de Bernabé. Su pecado podría compararse con el de Acán, mencionado en Josué 7 (se utiliza la misma palabra, “recuperar”). Ananías y Safira malversaron (nosphizo) los bienes de la comunidad. Vendieron tierras con la apariencia de dar las ganancias a la iglesia. Retuvieron lo que realmente ya no era suyo. Su descalabro no fue solo mentir, sino que “pusieron a prueba el espíritu del Señor”.

Pedro no le dice a Ananías que podría haber entrado en la comunidad cristiana sin renunciar a la propiedad privada de sus bienes. ¿Cómo iba a hacerlo, cuando Lucas escribió que “nadie consideraba suya ninguna de sus posesiones” (Hch 4:32) y que “quien poseía campos o casas los vendía”, y que “todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común” (Hch 2:44), etc.? ¿Acaso no dijo Jesús a la multitud: “cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo” (Lc 14:33)? El pecado de Ananías fue que fingió ser cristiano a través de una falsa renuncia. Por eso su pecado fue tratado con tanta severidad. Toda la idea central tanto de Lucas como de Hechos es que, los que siguen a Jesús, renuncian libremente a todo.

Eliminación de la pobreza. Hechos 4:34 dice que “no había ningún necesitado en la comunidad”. La iglesia primitiva estaba marcada por un compartir radical del amor nacido del Espíritu que no dejaba ninguna necesidad sin cubrir. Nadie quedaba en estado de indigencia. Obviamente, la iglesia se tomaba muy en serio Deuteronomio 15:4: “Entre ustedes no deberá haber pobres”. Y Lucas señala que había una gran gracia sobre todos ellos, pues no había ningún necesitado entre ellos.

La vida económica de la iglesia primitiva se caracterizaba menos por el cómo se satisfacían las necesidades que por el hecho de que fueron satisfacían (Hch 4:35, 37; 6:1; 20:33-35; 24:17; Gal. 2:10). Lo que Lucas describe es nada menos que el cumplimiento de la promesa de Jesús de que los que dejan todo por él no dejarían de recibir cien veces más (Mc 10:29-31). La renuncia radical y la dependencia total de Dios (por ejemplo, Lc 5:11; 14:33; 18:22) lleva a compartirlo todo. Todos tienen participación en todo por haber renunciado a todo.

El relato de Lucas sobre la vida de la iglesia primitiva describe lo que el Espíritu de Cristo hace en la tierra cuando la gente responde con arrepentimiento al Evangelio. El Espíritu llenó de tal manera sus vidas que nada, ni siquiera las posesiones, se interponen en el camino para mostrar amor unos a otros. Pertenecían a un solo Señor, ¡y, por tanto, entregaron todo! La pregunta para nosotros es simple: ¿Por qué nosotros no lo hacemos?


Traducción de Carlos R. González Ramírez

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Charles E. Moore

Charles E. Moore

Charles Moore es profesor, pastor, editor adjunto y autor de Plough Publishing. Vive en Denver, Colorado.

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