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A pocos centímetros del suelo

En el pesebre viviente, una niña se encuentra con su ángel de la guarda

miércoles, 23 de diciembre de 2020 por

«Mamá, ¿por qué ningún compañero de mi clase sabe el nombre de su ángel de la guarda?» Ahí vamos otra vez: mi hija de cinco años y sus imposibles preguntas. Para ella, la identidad de su ángel nunca estuvo en duda: siempre supo que era su tío D, un tío a quien nunca conoció, a menos que se cuenten dos años de tiempo compartido (suponiendo que haya alguna medida de tiempo allá en lo alto) antes de su nacimiento y después de la muerte de su tío. 

No fui yo quien le dio la idea, aunque admito que mis hijos me han escuchado contar innumerables historias sobre Duane. Mi hermano nunca pudo hablar ni caminar, pero vivió treinta y un años y vivió bien. En torno a él se modeló el corazón de cada miembro de la familia, y estábamos tan habituados a conversar con Duane de manera unilateral que aún hoy me sorprendo hablándole mentalmente, con la sensación de que está muy cerca escuchándome en silencio, con el mentón inclinado. Una sensación que no se explica solo por la fotografía que cuelga en la pared del living.

Bien sé que, en nuestra pequeñez humana, jamás alcanzamos a comprender el mundo de los ángeles: seres magníficos, inescrutables, creados en un tiempo anterior al nuestro. Aun así, no solo la niña a mi lado, sino también la niña dentro de mí se aferra a la idea de que Dios se ocupa de las tareas de los ángeles de la guarda en el aquí y ahora, y es posible que decidiera encomendarle a un tío el cuidado de una sobrina pequeña muy propensa a los accidentes.

A live nativity scene at a Bruderhof communityUn pesebre viviente en una comunidad Bruderhof

Si alguien sabía sobre accidentes, ese era Duane. Sufrió convulsiones violentas durante toda su vida, de modo que, aun extremando los cuidados, no hubo manera de evitarle su buena cuota de caídas, golpes y dientes quebrados. Quién mejor que él para cuidar a una niña que en sus dos primeros años ya tenía en su haber una conmoción cerebral, un ahogo y un diente partido en forma de triángulo, que recordaba a una vampirita algo torpe. Su hermano y su hermana, tan aventureros como ella, lograron llegar a la preadolescencia sin registrar desastres naturales. Esta niña, en cambio, necesita ojos atentos sobre ella, y sabe que allí están.

Cada noche al arroparla, me da las buenas noches a mí y a los ángeles que pueda haber en la habitación, comenzando por el tío D. De camino al jardín de infantes, me explica que el cielo termina a pocos centímetros del suelo para que nuestro ángel pueda volar junto a nosotros. La luz dorada de un atardecer de invierno es señal de que el tío D y sus amigos están horneando galletitas de Navidad (hornear galletitas, puede ser… pero dudo de que las coma; en el tiempo en que lo conocí, jamás aceptó comer algo dulce). A mi hija nunca le preocupó no poder verlo y no esperaba hacerlo, hasta la Navidad pasada, cuando sí lo vio.

Aquella noche, el pesebre viviente se realizó afuera, bajo un cielo estrellado y un viento incesante que hacía temblar la llama de las velas. Delante de un establo precario y humilde, la comunidad toda escuchaba en silencio el relato del nacimiento. Entretanto, los ojos de mi hija iban del bebé bien arropado, dormido en brazos de María, al ángel alto, de cabello oscuro, apostado afuera del establo sosteniendo una antorcha flameante. Comenzamos a desfilar frente al pesebre, cantando villancicos y resguardando nuestras velas del viento cuando, de pronto, me tironeó fuera de la fila: «Me parece que ese es el tío D», dijo, y sus ojitos brillaron más que la luz de las velas: «¿Vamos a preguntarle? ¡Por favor, mamá!».

El corazón me dio un vuelco. En la noche más santa del año, los adultos sabemos que estamos frente a un hermoso símbolo. Qué momento para que también una niña lo descubra. Intenté buscar una razón para no hablarle al ángel porque, mientras ella veía a Duane, yo veía a un adolescente que hacía poco se había mudado a nuestra comunidad.

El ángel era muy alto; las dos tuvimos que levantar la cabeza para mirarlo. «¡Pregúntale, mamá!», susurró tironeando de mi falda, con los ojos fijos en él. No veía alternativa. Sonreí y con tono de disculpa y voz apenas audible le dije: «Mi hija quiere saber si eres su tío D». Entre el silbido del viento y los cantos, no sé cómo pudo comprender una pregunta tan extraña. Pero supongo que los ángeles conocen el corazón de los niños porque la miró sonriente y respondió: «Sí». 

Mi hija radiaba alegría. Permaneció frente a él, con una enorme sonrisa, hasta que tuvimos que seguir llevadas por la multitud. Lejos de las antorchas, nuestras velas se apagaron; la oscuridad fue total y el frío, intenso; ella no lo sintió, y a mí no me importó.

No volvió a hablar de él hasta la hora de acostarse. Mientras la arropaba con el edredón hasta cubrirle las orejas, ya medio dormida sonrió y dijo: «¡Qué bien que este año le tocó a él cuidar al bebé Jesús!»

No necesitó verlo para saber que los ángeles son reales. Y no me preocupo por qué pasará cuando tenga edad suficiente para saber que los personajes de Nochebuena son personas que conoce y ama aquí en la tierra. A todos nos llega ese momento junto con la profunda convicción de que Dios está junto a nosotros, a nuestro alrededor, a pocos centímetros del suelo que pisamos.

Antes de dormirme, mi primer pensamiento fue de gratitud hacia el joven que le dijo sí a una niña en Nochebuena. Pero acabé dándole gracias a mi hermano.

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