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Familia

Un recuerdo de Navidad

viernes, 18 de diciembre de 2020 por

Cuando era niña, la Navidad parecía el supremo momento con el que culminaba el año. Recuerdo que la fiesta empezaba con el cumpleaños de mi hermana Esther, en más o menos la primera semana del Adviento, como un heraldo de los días maravillosos que vendrían.

Era tradición consagrada, que la noche del viernes antes del primer domingo del Adviento, hacíamos coronas de hoja perenne para colocarlas en las puertas de la casa; además, una para la puerta del establo; luego, otra para la tumba de Esther; y más tarde, otras para las tumbas del abuelo y la abuela.

Al día siguiente, el sábado, salíamos juntos como familia para caminar en el bosque y recoger musgo, piedritas, arena y piezas únicas de madera para nuestro pesebre. Dedicábamos toda la tarde a preparar el paisaje que llenaba el rincón de la sala, debajo del árbol de Navidad. El pesebre se arreglaba de manera distinta cada año y siempre era perfecto. A medida que crecíamos, se nos permitía cada vez más opinar sobre cómo debería ser. Yo siempre prefería zonas arborizadas para el paso de los reyes magos; mientras que mi hermana, abogaba por colinas musgosas para las ovejas; mi hermano introdujo el concepto del desierto; y la más pequeña se encargaba del caminito de grava que conducía al establo.

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Para el primer domingo del adviento, el paisaje estaba listo, pero sin figuras. De igual modo, el árbol de navidad ocupaba un lugar privilegiado en la sala, pero sin decoraciones, solo unas lindas luces blancas. Todo parecía bonito y a la espera: el pesebre vacío, el camino vacío, las colinas vacías y el árbol sencillo.

Y cada día de Adviento, un niño abría una cajita especial para descubrir una figura hecha de madera, la cual colocábamos en el lugar que encontrábamos apropiado, según nuestra imaginación de la historia de Navidad.

Nuestro abuelo, Arnold Mason, talló todas las figuras en pino blando y fragante; él se interesaba en saber qué figuras deseábamos y cómo debería representarlas. Su esposa, la abuela Gladys, pintó de rojo un pajarito cardinal, de negro uno de los tres gatitos y cubrió unas ovejas con pegamento y virutas para darles textura. Había una María caminante y una María en espera; y luego, cuando casi era Navidad, una María arrodillada. Había tres reyes magos y camellos muy complicados y realistas, en varias posturas; veinte ovejas en todas las etapas de desarrollo; pastores tranquilos y espantados; incluso unos ratoncitos con colitas pequeñitas hechas de hilo. Debido al musgo húmedo, al constante arreglo de las figuras y al envejecimiento natural de la madrea, era inevitable que en la época navideña lleváramos las figuras rotas al abuelo para que las reparara.

La figura que más captó nuestro interés, hasta ser objeto de burla abierta, fue el posadero. El abuelo Arnold lo talló en una postura de enojo, con las piernas rectas y las manos extendidas permanentemente, en un gesto que demandaba la retirada del otro, sin argumentos.

El abuelo construyó también una posada para el posadero, a nuestra petición, que parecía un palacio en comparación con el establo toscamente labrado; de hecho, hasta tenía luz eléctrica. El foco anaranjado brillaba a través de una puerta, colgada de bisagras verdaderas. La puerta y las ventanas tenían forma de arcos de medio punto y el techo plano se desprendió. Nos encantó ese último detalle y se lo contamos al abuelo.

Durante nuestras épicas representaciones de la historia de Navidad, realizadas mientras los adultos pasaban la sobremesa, conversando de manera aburrida y extendida, el posadero por fin experimentaba el impacto de nuestro total enojo contra él, por haber negado un cuarto a José y María; lo metíamos bruscamente dentro de la posada, cerrábamos de un golpe el techo-tapadero y apagábamos la luz.

 “Tranquila, Nora”, me reprendió mi padre con ternura, cuando una vez se rompió el brazo del posadero en un altercado y nos apuramos donde el abuelo, con el pegamento buscando su ayuda, “todos tenemos algo del posadero adentro”.

La decoración del árbol de Navidad la dejábamos para la tarde de Nochebuena. Mientras corríamos por todos lados, llevando galletitas a nuestros profesores preferidos y entregando los budines de mamá a varios tíos y tías, el árbol se encontraba rodeado de un montón de cajitas de maravillas; luego, se transformaba en una belleza, adornado con manzanas rojas, estrellitas de paja, angelitos de cerámica del pueblo alemán, originario de nuestra abuela, y velas blancas reales.

Todos buscamos el camino hacia el pesebre, a pesar de espinas, desolación y múltiples heridas.En la noche de Navidad, cuando nuestros padres abrían la puerta de la sala y nos invitaban a descubrir los regalos, el árbol brillaba en pleno esplendor, el niño Jesús estaba en el pesebre, como le correspondía, y acostado también en nuestros corazones infantiles, llenos de emoción y gratitud.

Ya han pasado muchos años desde que salí de la casa, pero en las semanas antes de Navidad siempre vienen a mi mente esos recuerdos, con la nitidez propia de una memoria de infancia; solo un olorcillo o la mera estrofa de un villancico me transporta a ese momento del pasado, a ese hogar, a ese brillo de amor.

A menudo, pienso en los personajes que colocábamos en nuestro pesebre, uno tras otro, a lo largo de las semanas, y cómo cada año había algo nuevo que agregar, además de las extremidades a reparar, unos pastorcitos que ya no andaban bien o un camello sin joroba. Pienso en las palabras de mi padre sobre el posadero y sé que he visto en mí algo de él, más de lo que quiero admitir.

Sé que cada día del año, el drama eterno que representábamos en miniatura bajo el árbol de Navidad, se realiza en la vida real por el mundo entero: todos buscamos el camino hacia el pesebre, a pesar de espinas, desolación y múltiples heridas. Todos sabemos, de alguna manera, cómo ser esa María caminante o la María esperando, aferrándonos a la promesa de un Niño que todavía no vemos, y esperando en lo más hondo del corazón que podamos ser, de verdad, la María arrodillada que contempla la cara del amor.

Mientras tanto, en este momento de expectación que es el Adviento, me reconforta ese crujido de grava bajo mis pies, que me asegura que todavía estoy en el camino, moviéndome hacia adelante, para dar la bienvenida a un niño rey que eligió un pesebre para su trono.

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