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Raíces en el campo

jueves, 18 de febrero de 2021 por

Las nubes oscuras nos acompañaron las tres horas de viaje, desde Asunción hasta el departamento de San Pedro, Paraguay. Era uno de esos días típicos del verano paraguayo: calor sofocante, sol fuerte y la promesa de lluvia siempre en el horizonte. Nosotras, las jóvenes de Villa Primavera, íbamos camino a visitar a unos amigos en Itacurubí del Rosario y luego a acampar junto al río Tapiracuaí. Pero antes de llegar al pueblo, pasamos por la antigua estancia Primavera donde, 70 años atrás, vivieron nuestros antepasados.

El Bruderhof adquirió la estancia Primavera en 1941. Se habían visto obligados a huir de Europa durante la Segunda Guerra Mundial y Paraguay fue el único país dispuesto a aceptar un grupo de trescientos refugiados de origen inglés y alemán. El país sudamericano había perdido un gran porcentaje de sus hombres capaces en la Guerra del Chaco (1932-1935), así que daban la bienvenida a cualquier persona apta y educada, y entre los miembros del Bruderhof había arquitectos, agrónomos, profesores y médicos.

REmbed1La autora, de niña, con su abuela y hermana

Con el paso del tiempo, edificaron tres comunidades en la estancia de 7.780 hectáreas, que estaba conformaba de pastizales bajos y montes cubiertos de selvas subtropicales. Los miembros del grupo tuvieron que adaptarse a un clima y una cultura totalmente diferentes a las que habían dejado en Europa. Pero a la vez, llegaron a apreciar la hermosura de Paraguay y sentir el gran corazón de la gente paraguaya. Para ganarse el pan, criaron ganado, sembraron arroz y verduras, y produjeron ladrillos y cuencos de madera de alta calidad. Además, establecieron una clínica que brindaba servicios médicos en la zona. Mi abuelo estudió artesanías en Areguá, un pueblo de artesanos cerámicos, hizo vasos, cuencos y platos de cerámica para vender.

Mi abuela me contó muchas historias del cúmulo de aventuras de su niñez en la selva; una vez, ella y una amiguita se hallaron perdidas en el pastizal a unos kilómetros de la comunidad. Las niñas, como la caperucita, estaban juntando flores y no se dieron cuenta de lo lejos que andaban. De repente un toro enorme y furioso las vio y las persiguió. Mi abuela contó varias veces esta historia y siempre con una sonrisa en la cara. Ella también paso por tiempos muy difíciles. Perdió a su hermanito de 11 meses y su madre también falleció inesperadamente cuando mi abuela, la mayor de ocho hermanos, tenía solo diecisiete años. Luego se casó con mi abuelo y su primera hija, mi tía, fue una de las últimas bebés que nació en Primavera, antes de que la comunidad se mudara a Estados Unidos.

REmbed3Los abuelos de la autora, Christoph y Maidi Boller, disfrutan el Río Tapiracuay con amigos, 1961

Pasamos por la estancia y llegamos a Itacurubí del Rosario, donde doña Castorina. Ella tiene 88 años y es bien conocida en el pueblo por sus años trabajando como enfermera. Empezó su carrera de enfermería en la clínica de Primavera, cuando su madre estaba internada allí. La joven iba a la clínica a cuidar a su madre y alguien se dio cuenta de su gusto por cuidar a los enfermos. Uno de los encargados la invitó a trabajar en la clínica y ella aceptó con mucho gusto. Un año después, el doctor escribió una carta de recomendación, lo que hizo posible que estudiara enfermería en Asunción. Al terminar, volvió a trabajar en la clínica unos años más. Ella tiene muchos lindos recuerdos de sus aventuras y experiencias en Primavera.

Cuando llegamos a la casa donde vive ahora con su esposo, nos abrió la puerta con una sonrisa brillante y empezó a contarnos de su juventud y sus años en Primavera. Dos horas después nos despidió y nos invitó a que volviéramos a visitarla después de la pandemia.

Luego viajamos al río, donde el aire era más pesado que nunca. El río Tapiracuaí queda muy cerca de Primavera y pasa por un estero grande, por eso el agua tenía un fuerte olor a plantas podridas y se veía lleno de algas. Miré, olí y me pareció más lindo un paseo que un baño. Una amiga pensó igual; pero cuando todavía estábamos de recorrido, ¡la tormenta que había sido inminente nos alcanzó! El camino de tierra se convirtió en un canal de barro rojo y el relámpago rasgó el cielo con miles de rayos blancos. Corrí con mi amiga a la seguridad del tinglado al lado del rio. ¡Por suerte todavía no habíamos armado las carpas!

En este momento podía imaginar a mis abuelos mirándome desde un lugar entre las estrellas con sonrisas contentas.Cuando al fin pasó la tormenta y el sol estaba a punto de ponerse, el cielo se vistió en colores increíbles. Al oeste, las nubes florecieron de rosado, amarillo y naranja, mientras al otro lado del cielo, se formó un arcoíris brillante contra la oscuridad de la noche que se acercaba. No quisimos dejar pasar el momento para sacar fotos de nuestras siluetas delante del horizonte llameante… La resplandeciente noche iluminó nuestra cena de carne a la parrilla y sopa cocinada sobre el fuego; y así, disfrutamos lo majestuoso del fin de un día.

Después de cenar, salimos del tinglado para mirar las estrellas y yo no podía creer lo que estaba viendo: sin el alumbrado de la ciudad, el firmamento estaba lleno de puntos de luz, de tal forma que casi no podía reconocer las constelaciones que conocía. Era una noche sin luna, pero había más luz que oscuridad. No me había dado cuenta de lo mucho que me había hecho falta ver noches así. En este momento podía imaginar a mis abuelos mirándome desde un lugar entre las estrellas con sonrisas contentas.

REmbed2Atardecer sobre el Río Tapiracuay, San Pedro, Paraguay, 2021. Gentileza de la autora.

Bajo la luz de esas mismas estrellas, dormí en una hamaca y me cubrí con una manta para mantener alejados a los mosquitos. Las mil voces de los insectos de la noche y los animales de la selva me arrullaron.

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