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Seguir a Jesús

Siguiendo, juntos, a Jesús

miércoles, 11 de agosto de 2021 por

Muchos de mis amigos cristianos prefieren no juntarse unos con otros. ¿Qué debo hacer?

Mi dilema se debe a la variedad que hay entre mis nuevos amigos.

Por ejemplo, mi amigo carismático es totalmente apolítico y cree que el activismo contradice el Evangelio, y que es peligroso para el alma. Otro amigo es activista que, inspirado por los primeros cristianos, no ve mal el socialismo y está angustiado por la injusticia racial. Mi amigo evangélico es fanático de Trump, al grado que evita mirar la foto de Biden, mientras que otro amigo simpatiza con un el grupo “Believers for Biden” (Creyentes para Biden). Un amigo, defensor de los sin techo, trabaja incansablemente para construir pequeños barrios en Denver, y mi amigo pastor, se empeña en no molestar a ningún miembro de su congregación, especialmente cuando se trata de leyes para zonificar. Mi vecino, un místico cristiano herbolario, dice que los problemas más graves están en uno mismo; mientras que mi amigo del concejo municipal desea, como revelación pública ante el Estado, hacer un mitin en su jardín delantero pese a ciertas restricciones del COVID. Y la lista es larga.

CEMMainArte de Justine Maendel

Mi círculo de amigos es interesante y vibrante, los quiero a todos. Pero, ciertamente es frustrante que, aunque lo que hay en común entre todos ellos es Cristo, casi no lo tienen en cuenta. Hay una resignación implícita y acérrima: no es posible reunirse con personas con quienes tienes serios desacuerdos, aunque todos sean cristianos.

Esto me desconcierta, siendo que seguir a Jesús es el principio y fin que nos une. Y si él es la fuente de nuestra fe, entonces, ¿por qué estamos tan alejados unos de otros? Quizá pasa esto porque no pensamos en lo radical que era Jesús. Peter Wehner escribió: “Los cristianos del primer siglo no estaban preparados para imitar la verdadera y radical figura de Jesús, ni lo drásticamente inclusivo que era; y tampoco están preparados los cristianos de hoy”. Parece que se ha perdido la fe de que la inclusión radical realmente es posible. Y para algunos que conozco, ni siquiera es deseable.

Sin embargo, la hazaña reside: Jesús fue incluyente radical, se acercó a gente inadecuada: samaritanos que eran judíos mestizos (incluida la mujer de mala reputación en el pozo), abusivos recaudadores de impuestos, leprosos endemoniados, cojos, ciegos, poseídos; todos los que eran considerados estorbo y sin valor. En breve, como dice Wehner, Jesús se vinculó con “hombres y mujeres excluidos de la sociedad”.

Además, Jesús unió enemigos. No sólo violó preceptos, sino que rompió lo establecido, formando una comunidad que, desde cualquier punto de vista, humanamente no era posible.

Recordemos el grupo de seguidores de Jesús. Cierto es que era poco probable que fueran amigos: Judás Iscariote, Judás Tadeo y Simón el Zelote, eran judíos nacionalistas llenos de odio hacia los romanos invasores y anhelaban librarse de ellos; Mateo fue un recaudador de impuestos, por lo que era considerado entre los judíos como impuro, traidor y despreciado por su complicidad en la invasión romana; Pedro, Santiago y Juan eran galileos de clase baja y mala reputación por llevar una vida rebelde y vulgar. Sin embargo, al juntarse por una causa nueva, formaron un grupo unido.

Y también hubo esos “otros” con los que Jesús se juntó, ya fuera para conversar, a la mesa o andando en el camino. Los saduceos fueron la aristocracia sacerdotal, quienes se abrieron paso en el poder e hicieron todo lo posible por mantener su posición privilegiada bajo los romanos; los herodianos, un grupo pequeño que apoyó al fanático Herodes y se identificaba con la cultura helénica; y, por último, los escribas y fariseos, idólatras y estrictos seguidores de la ley judía que despreciaban los compromisos y las conspiraciones. Todos ellos se odiaban entre sí (¿suena familiar?), sin embargo, Jesús no sólo se relacionó con ellos, sino los llamó a seguirle juntos.

A la luz de esto, Wehner se pregunta: “¿Quiénes son los recaudadores de impuestos de hoy, gente que despreciamos pero que Jesús acogería, quienes nos rodean decididos a construir, como escribió el apóstol Pablo, 'un muro divisorio de hostilidad'?”

Buena pregunta. Ciertamente me hace pensar en mi propio círculo de amigos. Aunque ninguno de ellos es marginado social y tampoco son “enemigos” entre ellos, sin embargo, muchos de ellos condenan uno al otro. Existen límites aprensivos entre ellos, a pesar de su profesión y fe común en Jesucristo.

¿Por qué pasa esto? Jesús vino precisamente a abolir las fronteras sociales, políticas, religiosas, étnicas y económicas que apartaban a las personas. Él instó a la gente a salir de su situación social con su dominante modo de pensar de desconfianza y rencor en la vida, por un nuevo orden donde los principados y potestades del mal fueran visiblemente desarmados y desmantelados (Col. 2:15).

Jesús apartó a la gente de su propia interpretación de la realidad y formó un nuevo tipo de familia, donde no existían ricos ni pobres, judíos o griegos, esclavos o libres, hombres o mujeres (Gal. 3:28). Jesús acogió a todos, y al hacerlo, transformó a cada persona de dentro a fuera, y los trasladó de un reino a otro. Los sacó del pantano de la división, discordia, odio, y los convirtió en un pueblo pacífico donde realmente se derrumbaron los muros.

Pero, ¿y nosotros qué? ¿Es en la actualidad el reino de Cristo radicalmente inclusivo o no? ¿Es la nueva comunidad que él vino a establecer una posibilidad real, o solo es una quimera teológica?

Urge reparar nuestra situación actual. Pero, el reto no es esforzarnos para avalar diversidad o aceptar a los demás (aunque esto no sería un mal comienzo). No, el desafío es si estamos dispuestos a ir al origen; morir a nuestro propio yo, a nuestras opiniones impulsivas, y convertir en Cristo lo que realmente somos: un cuerpo de creyentes que viven sirviendo uno al otro, practicando el amor, para demostrar que la política del reino de Dios y su justicia son un todo superior a lo que hay en el mundo. ¿Estamos dispuestos a vivir lo que el mundo por sí solo no puede llegar a ser?

Si somos honestos, el radicalismo de Jesús nos enjuicia. Porque nos hemos alentado demasiado con aspectos que no son del interés más profundo de Cristo. En consecuencia, el mundo nos ve como una pequeña variante religiosa de lo mismo que ya existe: un pueblo dividido por muros de interés propio y autosuficiencia. Somos culpables de haber adoptado compromisos y tareas menores que, con el tiempo, han enredado y complicado nuestro verdadero llamado. Hemos dejado de lado el camino angosto: mirando a la izquierda, a la derecha, mirando a todas partes, menos a Cristo y su causa.

Jesús oró (Juan 17:21) para que sus seguidores de toda tribu, lengua y nación fueran uno. Esta oración es tan radical como Jesús mismo. La pregunta para nosotros es: ¿nos esforzaremos o no para ser aval de esta oración? ¿O seguiremos anclados en opiniones que solo limitan dar la vida uno al otro?

Así como el metal afila otro metal, seamos determinantes para romper con todo lo que produce desconfianza y desunión entre nosotros. Y por difícil que parezca, acerquémonos uno al otro, con humildad, expulsando con valentía los demonios que han manchado nuestra convicción y sustituido nuestra máxima alianza. Delimitemos ser radicalmente inclusivos como lo fue Jesús.


Traducción de Carlos R. González Ramírez

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Charles E. Moore

Charles E. Moore

Charles Moore es profesor, pastor, editor adjunto y autor de Plough Publishing. Vive en Denver, Colorado.

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