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Vida en comunidad

Compartir las cargas

martes, 08 de febrero de 2022 por

Unas vacaciones en Suiza, con gastos pagados, ¡era el viaje de la vida! Pero mientras mi esposo Dan y yo subíamos al avión con destino a los Alpes, no teníamos idea de que estábamos empezando un viaje que nos llevaría más cerca de Dios. Fueron fantásticos tanto el clima, como el paisaje, la comida y el compañerismo; pero durante una caminata de cuatro horas en las montañas, Dan no podía curarse de una mala acidez.

Estábamos en medio de los setenta años y con ganas de seguir viajando. ¿Quién piensa en la edad, cuando todo va bien y hay oportunidades de viajar? Así que, poco después de nuestro viaje a Suiza, salimos de nuestra casa en Inglaterra para visitar viejos amigos en Canadá. Este destino era conocido por Dan desde su juventud; su emoción era contagiosa. Pero otra vez sintió aquel dolor en el pecho; aunque él no dijo nada.

Antes de cruzar el océano y regresar a casa, decidimos pasar en Estados Unidos unas semanas para visitar a nuestros hijos y ponernos al día con sus familias. Allí, en el oeste de Pensilvania, el dolor del pecho sufrido por Dan se intensificó tanto, que tuvimos que ingresarlo a un hospital. La diagnosis: una válvula cardíaca muy dañada, necesitaba inmediatamente un trasplante de la válvula aortica. En ese momento, se terminaron nuestros días de viaje. Agradecimos al personal por la diagnosis, pero nos hacía falta tiempo para asimilar la noticia; y pedimos al equipo quirúrgico dejarnos considerar en oración el próximo paso.

Dan y HannaDan y Hanna

Como enfermera, yo no me hacía ilusiones sabía de los riesgos que vendrían más adelante y en mi mente daban vueltas las posibilidades. ¿Qué pasaría si Dan quedara incapacitado por un derrame cerebral? ¿Cuál era la probabilidad de insuficiencia de riñones, seguida de diálisis para el resto de su vida? ¿O era el plan de Dios ser viuda? En un momento me di cuenta de la protección que habíamos recibido en los meses recientes. Una muerte inesperada en un remoto lugar, no había sido una baja posibilidad.

Cuando algo amenaza la vida, una parte del ser quiere apurarse para repararlo. Pero el alma también requiere tiempo y silencio para considerar las implicaciones, más las espirituales que las prácticas, de una vida y matrimonio, cuyos días en este mundo tal vez estén llegando a su final.

Dan y yo tuvimos unos días de consideración y silencio, dándonos la oportunidad de comunicar nuestras cargas y preguntas incontestables a los miembros de nuestra iglesia. Leímos juntos las palabras de Jesús y sus seguidores. En Santiago 5:14, el apóstol pide —o casi manda, nos parecía— “¿Está enfermo alguno de ustedes? Haga llamar a los ancianos de la iglesia, para que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor”.

El corazón de Dan necesitaba curarse, pero ¿no se necesitaba curar también los dos corazones nuestros, por todos los pensamientos y acciones que habían causado inquietud o nos habían apartado de Jesucristo? Este era un paso que necesitábamos tomar, simple pero poderoso. No importaba si la curación viniera de la mano de un cirujano. No vimos ninguna contradicción. Nos paramos después de esa oración listos para la curación y el perdón, llenos de paz y renovados en ánimo. Se había reconfirmado nuestro compromiso con Dios y el compromiso del uno al otro.

Dan decidió seguir con la cirugía. Mientras estaba entrando a la sala de operaciones, estábamos rodeados de las oraciones de cientos de amigos y creyentes. Me parecía sentir sus oraciones poderosas en mis dos manos. Nuestros nietos y sus compañeros de clase prendieron velas de esperanza. Hasta ese momento, yo me había preguntado cómo reaccionaría al ver a la persona con quien había estado casado durante 47 años, llevado en una camilla. ¿Me escondería en una esquina de la sala de espera con mi Biblia, buscando palabras de consuelo con desesperación? ¿Podría yo orar, o solo caminaría los corredores? Pero cuando entré a la sala de espera, vi mis preocupaciones y esperanzas reflejadas en las caras de otras personas.

En algunos momentos, me sorprendí conversando profundamente e involucrada íntimamente en las historias de gente que nunca había visto antes. Las salas de espera tienen el poder para desmontar las distancias que los desconocidos suelen mantener por cortesía. Allá estuvimos a las cinco de la mañana, compartiendo detalles muy personales, risas y oración, y empezamos a sentirnos conocidos de muchos años.

Yo le pasé mi ejemplar usado de La riqueza de los años a una mujer de mediana edad que estaba sentaba a mi lado. Ella ojeó la lista de capítulos y se dirigió a mí: “Yo necesito todos estos ahora y fui destinada a obtenerlos hoy”, dijo, explicando que tanto ella como su esposo tenían cáncer; pero su temor en ese momento era manejar a casa esa noche, ya que era una tarea que usualmente hacía su esposo. Un hombre anciano entró llorando después de ver a su esposa en la sala de recuperación. Yo ni siquiera recuerdo de qué hablamos, pero me di cuenta que se pararon sus lágrimas porque él podía hablar con alguien por un momento; alguien que podía escucharle y relacionarse.

Otra mujer me contó que su esposo estaba recuperándose de una cirugía por derrame cerebral, pero demoraba en mejorarse. Con profunda emoción, se preguntaba acerca del sentido de su matrimonio de cuarenta años y el nacimiento de su niño que tenía anemia falciforme. Enfrentando tanto dolor, solo podía brindar mis oraciones y palabras de ánimo que me parecían adecuadas. Los vínculos formados durante esas horas de espera, resonaron durante los próximos días cuando nos encontrábamos en el corredor y rápido compartíamos noticias o nos pedíamos oraciones mutuamente.

Por fin llegó el cirujano con buenas noticias. Era difícil ver a mi esposo todavía sin sentido, conectado a máquinas y monitores. Pero cuando nuestro hijo pudo hablar con mi esposo, él respondió que todo estaba bien.

El cirujano empezó a preocuparse por la posibilidad de sangrado y casi de inmediato llevó a mi esposo de regreso para otra operación. Nos pareció un ataque contra nuestra fe y requirió todo nuestro coraje para recuperarnos y entregar nuestra confianza de nuevo a Dios.

Después de unas horas tuvimos que dar gracias y alabanzas cuando mi esposo volvió otra vez. Una enfermera de sala de operaciones confirmó lo que nosotros habíamos pensado. La protección de Dios siempre está sobre nosotros, pero él necesita nuestras oraciones en su obra de curandero. Ahora estamos en casa, ganando fuerzas día en día. Damos gracias a Dios por la nueva vida que tenemos juntos y esperamos las oportunidades para servirle en agradecimiento.


Este artículo se publicó en 2014. Ahora, en el 2022, Dan y Hanna viven todavía y están disfrutando de su tiempo juntos, aunque ya no viajan tanto como lo hacían en años pasados.

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