Vida en comunidad

Vivir en comunidad y ser enfermera: mi llamado y vocación

jueves, 26 de agosto de 2021 por

Jennifer Zimmerman

Me llamo Jennifer (pueden decirme Jen) y vivo en la comunidad Bruderhof de Fox Hill, en Walden, Nueva York. Comenzaré por lo más informal: me encanta el té Snapple sabor durazno, los M&M de maní, las manzanas, el chocolate negro y el vino blanco frío. (Y desde mi viaje a Indonesia en una misión con un club cristiano de la facultad, la comida asiática, ¡pero eso es otra historia!). Entre las actividades que más disfruto están el senderismo en las montañas Catskills, andar en bote y pescar en el río Hudson, hornear pan y masas, dibujar y pintar, y cantar. También disfruto de las puestas de sol sobre el lago en Fox Hill, viendo cómo la luz del sol se mueve danzarina sobre el agua y tiñe de dorado las copas de los árboles. Me encanta el estado de Nueva York, especialmente en otoño. Incluso mi color favorito representa la luz del sol, la alegría y las hojas en otoño… ¡adivinaron: amarillo!   

Crecí en Woodcrest, una comunidad Bruderhof en Rifton, Nueva York. Cuando tenía trece años, mi querida mamá, una mujer fuerte y hermosa, fue diagnosticada con un raro tipo de cáncer intestinal. A pesar del tratamiento con cirugía y quimioterapia, falleció dieciocho meses después. Nunca hubiera logrado superar ese trance sin el apoyo de nuestra iglesia y mi maravillosa familia: mis tres hermanos, mi hermana y, muy especialmente, mi papá. Juntos nos esforzamos para sobreponernos a esa terrible pérdida, y los lazos familiares de amor y amistad que forjamos entonces permanecen hasta hoy. Tiempo después, cuando nuestro padre se casó nuevamente, fuimos bendecidos con una amorosa segunda mamá y un hermano pequeño, Jacob, que nos regaló alegrías y sonrisas a cada uno de nosotros.   

Siempre quise ser enfermera, desde que tengo memoria. La experiencia de cuidar a mi madre, que también era enfermera, me enseñó lo esencial acerca del trabajo de enfermería y me impulsó a transformar un sueño en una meta por la cual trabajar. Al finalizar la escuela secundaria, tomé un año libre y pasé la mayor parte de ese tiempo en Australia, antes de comenzar la facultad en Nueva York.

En 2017, ingresé a la escuela profesional en el condado de Orange para cursar enfermería y me mudé a Fox Hill para vivir más cerca de la facultad. El programa de estudios y capacitación era intenso, y durante los tres años de la carrera, trabajé entre veinte y cuarenta horas semanales en tres hogares de ancianos. Era un trabajo de gran exigencia física ya que debía atender a veinte residentes en cada turno y nunca tenía el tiempo ni los recursos suficientes para brindarles el cuidado que merecían. A pesar de las dificultades, me encantó mi trabajo y valoré las valiosas amistades que allí se formaron. Muchos de los residentes bajo mi cuidado parecían ser personas olvidadas o despreciadas por la sociedad, sin embargo, a medida que llegué a conocerlos, descubrí gran sabiduría e inspiración en sus historias de vida. 

Dejé de trabajar allí en el último semestre de enfermería (en la primavera de 2020, al inicio de la pandemia) para poder dedicar toda mi energía a finalizar los estudios y obtener el ansiado título. La situación se fue complicando; teníamos clases virtuales con profesores que –dicho esto con todo cariño– apenas sabían usar el mouse. A comienzos de abril, un hogar geriátrico local pidió ayuda a nuestras comunidades ante el rápido aumento de casos de COVID y la falta de personal. Me ofrecí de inmediato. Extrañaba el trabajo y había estado pensando cómo ayudar a las personas contagiadas de COVID. Jamás olvidaré esa experiencia que, por momentos, me hizo sentir dentro de una pesadilla. Bajo varias capas de EPP, me encontraba rodeada de muerte y desesperanza. En el lapso de dos meses, el número de residentes en el hogar se redujo casi a la mitad. Fue un doloroso privilegio ocupar el lugar de familiares y amigos brindando consuelo a algunos enfermos en sus últimas horas de vida. Muchos murieron en soledad. 

Durante el tiempo que trabajamos en el hogar, las autoridades municipales nos alojaron en un hotel para prevenir la propagación comunitaria del virus. En determinado momento, me contagié de COVID y estuve dos semanas aislada en la habitación del hotel, antes de poder regresar al trabajo. Debo reconocer que esos días en soledad fueron difíciles para mí que vengo de una familia numerosa y estoy acostumbrada a compartir cada aspecto de mi vida en comunidad. Sin embargo, fue un tiempo rico de reflexión y crecimiento en mi relación con Dios, y doy gracias por ello. Fue también en esa época que me gradué. Aunque no pudimos tener la tradicional ceremonia de graduación que mis compañeros y yo habíamos soñado y planificado durante años, fue un momento muy significativo para mí. Ahora sí era una enfermera; mi sueño se había cumplido, y sabía que mi madre sonreía desde el cielo. 

En la actualidad, trabajo como enfermera diplomada en una unidad de terapia conductual en Poughkeepsie. Es una experiencia completamente nueva para mí. Ya no atiendo la salud física de los pacientes, sino que todo se juega en la mente. Mi trabajo implica hablar con alguien que sufre un ataque de ansiedad o tiene ideas de suicidio, ayudar a quien atraviesa un episodio de psicosis a reconectarse con la realidad, poner fin a una pelea y administrar medicación. Ha sido una increíble experiencia de aprendizaje, y sé que aún tengo mucho que aprender. La salud mental es un problema que nos afecta a todos. 

Mi trabajo anterior había sido principalmente con población geriátrica. Ahora, gran parte de mis pacientes son personas jóvenes luchando con trastornos de ansiedad, depresión u otras enfermedades mentales. El origen de muchos de sus problemas es social: la ruptura del núcleo familiar de sostén, el sistema carcelario, el racismo, las redes sociales y la desigualdad en la distribución de la riqueza y los recursos. Sin duda, la pandemia ha jugado un papel importante con su secuela de muerte, aislamiento, miedo e inestabilidad financiera. Pero para mí, es también evidente que para muchas personas el problema de fondo es la falta de un sentido o propósito en su vida que no sea ocuparse de sí mismos. En Estados Unidos se ha fomentado el individualismo y la independencia hasta el punto de provocar la ruptura de la sociedad. El plan de Dios es que vivamos en forma interdependiente para algo más grande que nosotros mismos, y así, encontraremos la libertad, la alegría y el amor que él ha prometido. Esto explica en esencia por qué me sentí llamada por Dios a abrazar esta manera de vivir de la cual ahora soy parte.

De igual manera, considero mi trabajo como enfermera una vocación y no simplemente una carrera profesional. Como miembro de la comunidad Bruderhof, soy afortunada por poder hacerlo realidad. Entrego mi salario a un fondo común y recibo una asignación semanal para pagar el combustible –uso un vehículo de nuestra flota para ir a trabajar– y la cafeína y las calorías que todo ser humano necesita. No echo de menos disponer de mi salario; Dios me ha dado todo lo que necesito y más. Me ha dado la posibilidad de vivir con hermanos y hermanas en Cristo comprometidos a seguir sus mandamientos en una comunidad intencional. Soy muy afortunada de formar parte de un estilo de vida en el que el matrimonio entre un hombre y una mujer, hasta que la muerte los separe, se toma con seriedad y tener un núcleo familiar estable es lo habitual. Formo parte de una cultura que valora, cuida y respeta a los más vulnerables, siguiendo el ejemplo que nos dio Jesús. Mi oración es que muchas más personas se unan a nosotros en el servicio a Dios y puedan así experimentar las incontables bendiciones que él nos da cuando le entregamos nuestra vida por completo. 


Traducción de Nora Redaelli.

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